A falta de ver su ópera prima, la parodia sobre los westerns ‘A Fistful of Fingers’ (1995), Wright se hizo famoso por su particular versión del subgénero de zombies con la divertida ‘Zombies Party’, demencial título español de ‘Shaun of the Dead’ (2004). En su siguiente trabajo le dio por parodiar las buddy movies en ‘Arma fatal’, otro ridículo título para ‘Hot Fuzz’, con la que Wright confirmaba sus dotes para la comedia. No obstante, y en cualquiera de los dos ejemplos, Wright aún no dominaba a la perfección el ritmo de sus films, quedando a mi parecer demasiado largos. ‘Scott Pilgrim contra el mundo’ (‘Scott Pilgrim vs. the World’, 2010) adolece en menor grado de dicho problema, pero el director sigue manteniendo su buen humor, que esta vez salpica al género de la comedia romántica, mezclándola hábilmente con el mundo de los cómics y los videojuegos.
Tomando como base la novela gráfica de Bryan Lee O´Malley, Wrigth los cuenta la historia de Scott Pilgrim, un chico bastante raro que se encuentra en una curiosa tesitura. Para formalizar su relación con una chica nueva en el barrio, Ramona Flowers, deberá antes enfrentarse y vencer a sus siete ex novios que han formado una Alianza mortal que controla el futuro amoroso de Ramona. Además deberá cortar con su novia actual, una oriental de 16 años que adora con toda su alma a Pilgrim y la banda de música en la que él toca el bajo. El argumento es una locura total que Wright sabe adaptar muy bien a los formatos de hoy día. Tal vez estemos hablando de la primera película que mezcla con éxito los mundos del videojuego y el cine, de difícil entendimiento entre sí.
Tal vez me deje llevar por la emoción --es lo que suele ocurrir en los momentos posteriores a ver una película-- pero para mí ha sido todo un deleite el visionado de ‘Scott Pilgrim contra el mundo’. No hablamos de una gran película, pero para alguien como yo que rechaza de mano el mundo de los videojuegos --debido a que aún no he encontrado uno que me entretenga lo más mínimo--, que una película use tan inteligentemente, y sobre todo con mucho sentido del humor, el formato de un videojuego, adaptándolo a la narración cinematográfica, me llena de ilusión. Wright controla en todo momento que el film no quede ahogado por la estética de cómic o videojuego, entrelazando todo con inusitada pericia. Puede que una vez más falle en el ritmo.
Y es que al igual que sus dos anteriores largometrajes, ‘Scott Pilgrim contra el mundo’ es demasiado larga. Edgar Wright padece del mal común entre los directores que también suelen firmar sus guiones; le gustan demasiado los personajes de su relato y parece que le cuesta soltarlos, alargando un poco de más el film. Por la contra consigue que un actor tan inexpresivo como Michael Cera --que año tras año parece interpretar el mismo personaje-- caiga simpático al espectador. Wright somete a Cera a un tour de force que el actor pasa con sumo estoicismo, que sin embargo carece de química con su partenaireMary Elizabeth Winstead, que está más bien sosa en su papel. Todo lo contrario que Kieran Culkin, absolutamente espléndido como amigo gay del protagonista, uno de los tópicos en la actual comedia romántica. Culkin demuestra que en los de su apellido puede correr sangre de actor por las venas.
Al igual que en un videojuego, Scott deberá ir pasando determinadas fases para madurar en su relación no sólo con Ramona, sino con todos los que le rodean, además de recuperar la fe en sí mismo. Cada nuevo enemigo al que se enfrenta simboliza una nueva fase en su existencia, y Wright aprovecha para reírse de forma sana de aspectos como la identidad --el episodio de Chris Evans, que utiliza a su verdadero doble--, los vegetarianos --un excelente Brandon Routh--, o incluso los gustos musicales --el enfrentamiento entre la banda de Pilgrim, bajo, guitarra, voz y batería, contra dos hermanos orientales que utilizan imponentes teclados y luces de colores--. Tal vez parezca que se hace un poco repetitivo el esquema narrativo --Pilgrim enfrentándose a los siete ex novio de Ramona, casi continuamente--, pero debe observarse que el film avanza sin quedarse estancado.
Una buena película en definitiva, que muy probablemente gane con el tiempo. Creo que Wright domina cada vez mejor la puesta en escena, no obstante, la propuesta de ‘Scott Pilgrim contra el mundo’ le permite arriesgarse más en ese aspecto. Personalmente me quedo con el sano humor con el que el director se enfrenta a todas las posibilidades del relato, y que en cierto momento parecen infinitas. Y sobre todo con lo equilibrado que resulta el conjunto en toda su locura, logrando que no chirríe ni en instantes como el delirante homenaje al cine de Bollywood, logrando llegar más lejos que Danny Boyle en el tostón aquél que amasó un buen puñado de Oscars.
Aunque parezca increíble, el verdadero Frank Rosenthal vestía de una forma mucho más extravagante y chillona que el Sam Rothstein de la película interpretado por un sobrio y perfecto Robert De Niro, en un rol muy diferente del Jimmy Conway de ‘Goodfellas’. En cuanto a Joe Pesci, su Nicky Santoro es una suerte de prolongación y de ampliación del Tommy DeVito que le había hecho ganar un Oscar al mejor actor de reparto. Pero aquí goza de un mayor protagonismo, y no se puede hablar de un personaje secundario, sino de un co-protagonista. El sublime trío se cierra con una portentosa Sharon Stone, que es la Ginger McKenna ideal. No venía la actriz de una buena racha, precisamente, tras su fascinante trabajo en ‘Instinto Básico’ (‘Basic Instinct’, Paul Verhoeven, 1992), y estaba deseosa de demostrar lo buena actriz que era, más allá de etiquetas de ‘sex-symbol’. Para contar la compleja y descarnada historia de estos tres personajes, de forma prolija y apasionada, era imposible tomarse menos de las casi tres horas que dura el filme, que además se pasan literalmente volando. El montaje, eso sí, fue arduo, largo y físicamente demoledor para Schoonmaker y Scorsese.
Pero de ese montaje se deduce una de las creaciones audiovisuales más impetuosas e impredecibles, en todos los sentidos, de los últimos quince años. Resulta muy difícil, y quizá poco recomendable, escribir una crítica convencional sobre ella, porque cualquier acercamiento analítico corre el peligro de simplificar un esfuerzo narrativo tan radical, tan en constante peligro de derrumbarse por la multiplicidad de niveles narrativos que contiene, pero que por algún mágico milagro (llamemos talento excepcional a ese milagro) no solamente se sostiene, sino que se eleva más y más hasta un climax final demoledor, definitivo. En realidad ‘Casino’ puede definirse como una sinfonía en la que tres fuerzas opuestas colisionan, creando un coro. Pido perdón si suena exagerado, pero no veo otra forma de describirlo. A la ambición, la vanidad y la codicia de Sam se opone la autodestrucción, la belleza y la melancolía innata de Ginger. Y entre ambos se cruza la bestialidad, la furiosa energía, la ira incontenible de Nicky. Sólo un gigante en la dirección como Scorsese podía manejar este drama sin temblarle la cámara.
Por algo Scorsese es uno de los más eminentes directores norteamericanos de las últimas décadas, muy superior incluso a grandes cineastas como Eastwood, Allen, De Palma o Spielberg, porque ninguno de ellos se arriesga tanto y alcanza tantos triunfos estéticos. Su cámara se vuelve más audaz y más compulsiva que nunca. Su percutante montaje trocea y desmenuza cada suceso. Así, sólo se puede constatar la inimaginable vehemencia y valentía por el medio cinematográfico que emanan de momentos como estos:
1. La narración de la personalidad de Ginger que lleva a cabo Sam con su voz en off, una vez la ha conquistado y después de un beso salvaje le da dinero antes de que vaya al baño. Aprovecha ese momento Scorsese para aprovechar el movimiento de salida de cuadro de Stone, que engancha con otro movimiento de la actriz en otra escena, que corta a un primer plano suyo de otra escena más, y saliendo de esa escena aprovecha de nuevo el movimiento de ella para regresar a la escena inicial. A continuación explica con imágenes su talento para el dinero y la supervivencia, y termina mostrando su debilidad con Lester Diamond (un soberbio James Woods).
2. La descripción del subrepticio modo en que los grandes capos mafiosos, muy lejos de Las Vegas obtienen su dinero, con una puesta en escena cerca a lo documental, en el que la cámara sigue a un personaje (olvidando a Sam, que pasa por allí como por casualidad…) y observa cómo coge grandes cantidades de dinero de las arcas del casino, sale del mismo, coge un avión y llega a Kansas City. No se puede mostrar con mayor nitidez la forma en que los capos “vampirizaban” los casinos de Las Vegas.
3. Los muy diferentes enfoques de la actividad de Sam como director del Casino, todos ellos vinculados por su condición de neurótico perfeccionista. Asistimos a su control absoluto de los jugadores, de los timadores, de los ricachones y los políticos, con la cámara como una impertinente capaz de captar cada pequeño detalle, por ínfimo que sea, con giros, acercamientos, iris, barridos, panorámicas…lo que haga falta.
4. La discusión de Nicky y Sam en el desierto, en la que Scorsese intercala y termina mezclando dos temas musicales distintos, algo que yo no he visto en ninguna película hasta la fecha. Y es muy coherente con una película tan sinfónica, temática y narrativamente.
El trenzado de dramas personales y colectivos, la escalada de violencia y de destrucción psicológica, que va contando Scorsese, alcanza su cénit en la media hora final, en la que esta sinfonía llega al paroxismo relatando la pérdida de lo que Rothstein llama "el paraíso en la tierra". La demolición de los antiguos casinos se pone en paralelo con la destrucción de una forma de vida y de unos sueños demasiado grandes y fugaces. Muere el amor, la amistad y la libertad. Asistimos con un nuedo en la garganta a esta perfecta conclusión a tres horas de drama sin fisuras.
Conclusión y escena favorita
Obra mayor de un cineasta mayor, singular y trágica versión de los wiseguys de su ‘Uno de los nuestros’, con la que Scorsese reincide en su maestría absoluta, pues los años noventa serán su época dorada. Mi escena favorita es aquella en la que Sam descubre a dos timadores enriqueciéndose en las mesas, ya que se comunican por morse. El control espacial de Scorsese es absoluto, y no teme destacar por medio de un iris al timador. La posterior sesión de martillazos a la mano con la que juega el pobre buscavidas duele verla, y es asombroso lo bien hecha que está.
Aprovechando el estreno de ‘Megamind’ (otro éxito de taquilla para el estudio), DreamWorks ha lanzado el primer tráiler de ‘Kung Fu Panda 2’, que contará de nuevo con Jack Black como la voz del protagonista. Se trata de un “teaser” que apenas dura un minuto y que supongo tiene más sentido en una sala de cine, con el 3D y los críos partiéndose de risa con el gordinflón panda. Supongo, igual soy yo, que me he levantado hoy con el pie izquierdo, y a vosotros el vídeo el vídeo os parece desternillante, ya me contáis. Aprovechando el tráiler, os traigo también el cartel, que ya circulaba por la red desde hace unos días.
Escrita por Jonathan Aibel y Glenn Berger (los mismos guionistas de la primera entrega), ‘Kung Fu Panda 2’ narra la nueva aventura de Po y los Cinco Furiosos enfrentándose a un poderoso enemigo que amenaza con destruir China y el arte del kung-fu, al mismo tiempo que el panda intenta resolver los misterios de su pasado. La película está dirigida por la debutante Jennifer Yuh y además de Black cuenta con (atención) Angelina Jolie, Gary Oldman, Dustin Hoffman, Jackie Chan, James Woods, Seth Rogen, David Cross, Lucy Liu, Michelle Yeoh y Jean-Claude Van Damme dando vida a los personajes principales. El estreno está previsto para el próximo 26 de mayo, en salas 3D y 2D.
PD: También he encontrado el tráiler doblado a “español latino”:
Sin embargo, parece que el realizador húngaro se ha dejado embaucar por el radicalismo de un cine difícil, poco accesible y donde el valor del cine como arte alcanza (en realidad pretende sin conseguirlo) una libertad creativa absoluta. Una película radical, en donde Mundruczó reflexiona sobre la creación del monstruo plasmado en una historia contemporánea y encajada en un escenario irreal, o más bien, falsamente real, para que el espectador intente extraer reflexiones meditabundas y de profundidad kierkegaardiana.
Lamentablemente el resultado es tan pretencioso, duro y extremo que más que conseguir que el espectador reflexione (razón que argumenta el propio director al ser preguntado por el ritmo del film) lo que consigue es que se desenganche de su relato y acabe por picarle hasta el último poro del cuerpo mientras se revuelve en la butaca hastiado por el aburrimiento.
El tono de clara influciencia soviética está muy bien, sobre todo cuando se imita o se intenta aproximar con calidad, con criterio, con buenos argumentos y sólidos fundamentos. Pero aquí, Mundruczó patina en su intento de trascendencia, de utilizar la imagen retórica, el símbolo para conseguir una aproximación, un ensayo de la esencia del Frankenstein en el que intenta inspirarse. Utiliza un joven traumatizado que regresa -tras huir del orfanato- en busca de su madre y se topa con su padre al que no conocía. Es un muchacho desprovisto de sentimientos, un monstruo creado por sus padres con costuras emocionales que acaba provocando situaciones grotescas, escenas metafóricas, narradas con tanta artificialidad camuflada de “autoría”, que sólo deja evidenciar la elevada pretenciosidad del realizador. Por cierto, aquí también metido a actor principal. Si Mary Shelley levantara la cabeza...
A pesar de la retahíla de lugares comunes que conforman el armazón dramático del film - incluyendo las vistas escenas «frenéticas» de montaje discontinuo en el mundo de la cocina -, la resolución de la trama amorosa destaca por salirse de los esquemas. (Posible spoiler) Se concluye que no existen las recetas preconcebidas para lograr la felicidad y que el amor se mueve en un terreno siempre ambiguo, incierto y cuya resolución no es previsible. Sólo el final hace honor al curioso título que el film iba a tener en un comienzo: ‘Historias de amigos que se besan’ (fin del spoiler).
‘Bon Appetit’, el ramplón y poco memorable título con el que se sustituyó, demuestra que el tema de la cocina y de los restaurantes de moda tiene tirón en el cine --‘Fuera de carta’, ‘Dieta mediterránea’...-- y también que, por original que fuese esta conclusión, han prevalecido los esquemas argumentales trillados. Quizá, respetando el encomiable espíritu del final, se habría podido contar una historia de personajes que improvisan, yerran, quieren y hacen que queramos con ellos.