Mucho peor le han ido las cosas al otro estreno del pasado viernes que se ha colado en el “top ten”. Pese a que las comedias románticas suelen funcionar bien en taquilla, ‘¡Qué dilema!’ (‘The Dilemma’), lo nuevo de Ron Howard, no ha interesado nada al público español, posiblemente por una torpe promoción. La que está funcionando de maravilla es la última comedia de Woody Allen, ‘Midnight in Paris’, que ya ha superado la barrera de los 4 millones, mejorando la recaudación de sus dos anteriores trabajos, ‘Conocerás al hombre de tus sueños’ (‘You Will Meet a Tall Dark Stranger’) y ‘Si la cosa funciona’ (‘Whatever Works’). Por lo demás, destacar las excelentes cifras de ‘Fast and Furious 5’ (‘Fast Five’), ‘Rio’ o ‘Thor’, y el fiasco de ‘El inocente’ (‘The Lincoln Lawyer’), otro producto que no se ha sabido vender.
PD: Este viernes la cartelera se renueva con ‘Hanna’, ‘Insidious’, ‘Diario de Greg 2: La ley de Rodrick’ y ‘Almas condenadas’, entre otros estrenos. No deis más dinero a Disney, por favor.
‘Bailar en la oscuridad’ (‘Dancing in the Dark’, 2000) es uno de los filmes más bellos de los últimos tiempos y es algo más. Es un poema, cine revolucionario, que a diferencia de otras películas aupadas grotescamente a los altares por consenso divino, jamás ha despertado aquiescencias ni pactos de ninguna claso. Muy al contrario: se trata de un canto a la muerte capaz de alimentar desprecio, rechazo o desdén con tanta energía como convoca la vehemencia. Esto, para mí, es síntoma inequívoco de su juventud estética, pues ya dijo el gran poeta irlandés que cuando los críticos difieren, el artista está de acuerdo consigo mismo más que nunca. Y así es, realmente. Después de haber navegado por, y de haber traicionado, el voto de castidad del Dogma’95, von Trier era ya un artista más libre, lúcido, generoso y trágico que nunca, lo que se tradujo en uno de los melodramas musicales más sorprendentes, inclasificables y estremecedores que pueden verse en una pantalla.
Hacer una película musical como ‘Bailar en la oscuridad’ es lo más parecido a un suicidio sin purgatorio en el caso de cualquier otro director, pero von Trier, el loco, el repudiado, el maldito, es un puto genio, un bastardo con corazón de oro capaz de reconvertirse en cronista de toda la miseria del mundo, y de elevarla a los cielos con la voz de Björk. Filmada con cámaras de vídeo Sony (DSR-1P, DSR-PD100P, DSR-PD150, DXC-D30WSP) luego impreso en material de 35 mm. con un aspecto de 2.35:1 (para más datos, remito a ‘La dirección de fotografía (1)’), la imagen de esta obra maestra no puede ser más cutre desde un punto de vista escenográfico, superficial. Sin embargo, para quien sepa mirar (y no hay tantos como pareciera) la imagen de ‘Bailar en la oscuridad’ es de una belleza y de una altura estética indescriptibles, desoladoras, definitivas. Porque el cine es mucho más que un cuento mil veces contado. Es sueño y es perdón. Es juego de sombras que quiere ser música, secuencias como acordes, personajes como sinfonías.
Sin piedad
La historia es más o menos la que sigue: madre soltera inmigrante, checa, se instala en Estados Unidos y se pone a currar en trabajos de mierda para sacar adelante a un hijo descontento. Sabe perfectamente que en no demasiado tiempo va a quedarse ciega, y que la terrible enfermedad que la esclaviza es hereditaria y es muy probable que su hijo también la sufra. En semejantes circunstancias, su única salida espiritual es gozar con esos musicales que, según ella, mantienen proscritas la soledad, la miseria, la enfermedad y la muerte. Evasión. Opio. Pero por mucho que sueñe con esos sueños de celuloide, sabe que la vida, y la fatalidad, sigue su curso. Y Lars von Trier también lo sabe. Por eso un musical como este era necesario que algún día se hiciera, para cantar la mentira maravillosa que eran algunos musicales, y para hacer poesía con la verdad y el dolor que es la vida, esta aparición terrible que vino a sustituir a la Nada. Pero en lo terrible se esconde lo bello, y viceversa, y este cineasta es de los que saben impregnar una pantalla con eso, y sufriremos y lloraremos con Selma su atroz viaje, y sabremos que la música es el gran don de la vida.
Selma (una alucinante Björk, que encarna a la mujer vontrierana como no lo hizo ni siquiera la maravillosa Emily Watson de aquella bestial, descarnada, ‘Rompiendo las olas’, pues los ojos de esta cantante islandesa, su pequeño cuerpo y su voz, todo su ser, se erigen en expresión audiovisual inimaginable del melodrama moderno) mezcla los sonidos del mundo con su fantasía interior, y gracias a ello el mundo se convierte en un musical como aquellos que ella tanto ama. Y puede gritar sobre todo aquello que en la sociedad no se puede expresar. Y por todo esto este musical extraordinario es uno de los más grandes de todos los tiempos: porque por fin se funden en un todo forma y fondo, por fin se encuentra la excusa perfecta para convertir un drama social, una tragedia, en un espectáculo de canciones fúnebres, pues el punto de vista de la heroína es absoluto (la imagen es absoluta siempre), como debería ser siempre en el cine. Y la fotografía del grandísimo Robby Müller se hace arte con la imaginación de von Trier en cada encuadre, cada gesto.
Los preciosos secundarios interpretados por Peter Stormare (un hombre de corazón compasivo interesado por Selma), Catherine Deneuve (una compañera de trabajo y una amiga), David Morse (un patético hombre perdido, de un egoísmo monstruoso), apuntalan este discurso en contra de la pena de muerte, de la sociedad capitalista, del concepto de inmigración…y a favor de la disolución de fronteras, de la fraternidad, del perdón, del amor sin condiciones…en un estudio sobre el sonido (magistral cómo se mezcla el sonido ambiente con las fantasías musicales de Selma…), sobre los géneros del cine, sobre la puesta en escena más radical y más clásica a un tiempo. El profundo dolor que late en las imágenes de ‘Bailar en la oscuridad’ perturba y hiere…pero la clarividencia de su mirada ennoblece, dignifica y convoca lo mejor de nosotros mismos, en una lucha feroz contra el instinto de marcharnos de la sala o apagar el reproductor. Ya nunca se es el mismo después de ver esta película, puñetazo, obra de arte, o lo que sea.
Conclusión e imagen favorita
Obra maestra incomparable, que crece más y más a medida que se aleja en el tiempo. Sólo la he visto tres veces, pero es suficiente para que se me quede tatuada en la retina. Mi imagen favorita es la de esa mujer valiente lanzando sus gafas al río cuando viene el tren y diciendo que es mejor no ver más, nunca más. Imposible no llorar con esta película, pues se emociona quien puede, o a quien le interesa por motivos luminosos. Muchos dicen aún hoy que es una película tramposa, zafia, que juega al melodrama y a buscar los mejores sentimientos. Peor para ellos, no lamento que se lo pierdan.
Para empezar el título hace recordar al mítico film de 1982. Osaka rememora en todo momentos Los Ángeles del 2019, con esas luces de neón, la superpoblación y gigantescos anuncios publicitarios. El Nick Conklin interpretado por Michael Douglas --casi un anticipo del personaje que haría en ‘Instinto básico’ (‘Basic Instinct’, 1992) a las órdenes de Paul Verhoven, curiosamente el primer director elegido para dirigir ‘Black Rain‘-- se puede emparentar con el Rick Deckard de ‘Blade Runner’. Personajes solitarios, con traumas pasados, que se enfrentan a un caso más grande de lo que aparenta a simple vista. Y ya no hablemos de coincidencias argumentales como las de las lentejuelas del vestido de cierto personaje femenino, que rememora directamente a las escamas de cierta serpiente artificial que lleva Joanna Cassidy en el anterior film, y que ayudan en la investigación del personaje central. Así pues, Scott parecía buscar a finales de los 80 el prestigio perdido con los fracasos de ‘Legend’ (id, 1985) o ‘La sombra del testigo’ (‘Someone To Watch Over Me’, 1987) --dos películas que personalmente me encantan--, convirtiendo su film más admirado en un producto claramente comercial.
Tengo que reconocer que me puse todo contento a revisar ‘Black Rain’, pues el recuerdo que guardaba de ella era bueno. A los 20 años me pareció un excelente thriller que no llegaba a la altura de los films comentados. Ahora, con el doble de edad, y más cine sobre mis espaldas, me he llevado una decepción, no al nivel que me produjo el visionado de por ejemplo ‘La teniente O´Neill’ (‘G.I. Jane’, 1987), un espanto indigno en la filmografía de su director, pero ya no encontré la excelencia por ningún lado. Sin parecerme un film malo, sí me resulta anodino y lleno de defectos. Y aunque dentro de la carrera de Scott, remite directamente a ‘Blade Runner’, la principal referencia de ‘Blak Rain’ es, sin lugar a dudas, ‘Yakuza’ (‘The Yakuza’, Sydney Pollack, 1974), ejemplar thriller con el que comparte además a uno de sus actores, el japonés Ken Takakura, que en ‘Black Rain’ no hace precisamente uno de sus mejores trabajos.
Resulta muy decepcionante ver a un actor de la talla de Takakura ceder ante los convencionalismos del cine yanqui y caer en el ridículo en varias ocasiones --esa escena cantando a Ray Charles--, con un personaje tan tópico que ni el propio actor es capaz de dotarle de algo de densidad o aportarle un rasgo mínimo. Algo parecido sucede con Andy Garcia, cuya escena más recordada es la de su asesinato, tan bien ejecutada como totalmente efectista, con un bochornoso uso del ralenti. Y a pesar de que curiosamente Garcia cae simpático, creo que su personaje no es demasiado creíble, no parece un policía, sino más bien un comparsa simpático que acompaña al protagonista. No obstante, ésa es una de las características principales de toda buddy movie, pero aquí creo que no está del todo bien logrado, por no hablar de esa rotura de esquema, llamémoslo así, al partir UNAbuddy movie en DOS.
El esteticismo de Scott lo termina ahogando prácticamente todo --un inestable trabajo de fotografía, producto de dos técnicos distintos, Howard Atherton y Jan de Bont--, aunque la trama está llena de coincidencias y es más simple que un botijo. No obstante, Scott sigue sabiendo lo que es el ritmo, y consigue no aburrir a la platea por muy esquemático que sea el producto, y eso que hablamos de un montaje en el que el director recortó nada menos que 40 minutos, algo ya muy habitual en sus films, que ahora parece que los hace pensando en su edición en DVD. Por otro lado Michael Douglas consigue un mínimo de interés hacia su personaje, mejor dibujado que el resto. Faltaría un poco más de desarrollo en cuanto al tema de la corrupción policial, y sobre todo enfoque, que pareciera por lo mostrado que la corrupción es algo bueno. No se le puede pedir mucho a Scott cuando se muestra cansado y desganado. Afortunadamente, a los dos años nos regalaría otra de sus mejores películas.
No os olvidéis de hacer vuestras peticiones para la próxima crítica. Sed originales.
Pese a lo aburrida y aparatosa que era, la nueva versión de ‘Alicia en el país de las maravillas’ (‘Alice in Wonderland’, 2010) que Tim Burton dirigió para Disney se convirtió en un rotundo éxito de taquilla, provocando que en la industria norteamericana empezaran a fraguarse un buen número de revisiones de relatos o cuentos clásicos orientados al público juvenil, como si hubieran encontrado una mina de oro. Uno de los proyectos que arrancó enseguida fue ‘Caperucita roja. ¿A quién tienes miedo?’ (‘Red Riding Hood’, 2011), que además con el fichaje de Catherine Hardwicke intentaría aprovechar descaradamente la estela de ‘Crepúsculo’ (‘Twilight’, 2008), como ya intentaron con escasa fortuna los responsables de la olvidable ‘Soy el número cuatro’ (‘I Am Number Four’, 2011). El resultado, como no podía ser de otra manera, es un producto vacío que no consigue nada de lo que se propone (ni siquiera buenos resultados en taquilla), una película artificial, desalmada, sin pasión ni emoción alguna, y con algunos de los momentos más ridículos que un servidor ha visto en mucho tiempo.
Curiosamente, Hardwicke es la segunda realizadora de la saga ‘Crepúsculo’ (ella dirigió la primera película) que ha adaptado al cine, a su manera, la vieja historia de Caperucita roja; el responsable de ‘La saga Crepúsculo: Eclipse’ (‘The Twilight Saga: Eclipse’, 2010), David Slade, debutó en el año 2005 con una versión muy libre del mismo cuento, titulada ‘Hard Candy’. Pese a que ésta me parece una película sobrevaloradísima y ‘Eclipse’ divierte más por sus torpezas que por sus logros, al menos se queda uno con la sensación de que Slade tiene agallas, sentido del humor y cuida el tono de sus películas, aunque no resulten tan potentes como él piensa, mientras que Catherine Hardwicke no ha hecho otra cosa que confirmar su escasez de ideas y su nefasta puesta en escena, repitiendo en ‘Caperucita roja’ todos los errores que cometió en ‘Crepúsculo’, quizá porque consideraba que el éxito de la saga se debía en parte a su mediocre trabajo. Así que vuelve a recrearse en el rostro de su protagonista, una joven de ardientes deseos insatisfechos con dos guapos pretendientes, descuidando conceptos como el ritmo, la verosimilitud y la atmósfera. Total, las adolescentes solo quieren ver insinuaciones sexuales, besos apasionados y cursis promesas de amor eterno, ¿verdad? Pues ya está.
No hay en ‘Caperucita roja’ ningún vampiro, pero sí un hombre lobo, que además es clavado a los que aparecen en ‘Crepúsculo’. Tras unos apresurados pero al parecer necesarios planos aéreos de bosques, lagos y montañas, tiene lugar un breve y desastroso prólogo en el que nos muestran que ya desde pequeña la protagonista sentía una atracción especial por el “chico malo” del pueblo, y que no tenía reparo alguno en matar a un manso conejillo (no se escapa ni cuando levantan la trampa) para hacerse unas botas de piel. La cuestión es que la chica tiene un lado horripilante, ¿vale?, es fundamental para “entender” toda la profundidad de lo que será desvelado al final, después de un montón de bochornosas pistas falsas (por ejemplo, que un personaje huela como el lobo por culpa de una caprichosa ráfaga). En fin, diez años más tarde, Valerie, ya convertida en una candidata perfecta a portada de revista actual, con sus enormes morros pintados sugiriendo excitación constante, y esa actitud de “me da igual todo pero necesito un revolcón en el granero”, es vendida vilmente por su madre, quien la compromete con un chico de buena familia. Uno caballeroso y también guapo, pero a Caperucita le gusta el pobre, “el malo”.
A todo esto, mientras se desarrolla la plana y previsible subtrama telenovelesca, que en un momento dado alcanza también a la madre de Valerie, resulta que el pueblo de Daggerhorn está amenazado por un lobo. O eso pensaban ellos, que no habían visto la estupenda ‘En compañía de lobos’ (‘The Company of Wolves’, 1984). Hasta que llega el excéntrico padre Solomon y les convence de que en realidad el bicho que han estado temiendo durante décadas es un licántropo. Y les mete miedo avisándoles que uno de ellos es ese descomunal lobo que de pronto se ha puesto a matar como loco. Sumamente avispado (enseguida vincula un lamentable truco de cartas con la magia negra) y maestro en el arte de la tortura (su elefante de hojalata debe usarse todavía, con cerrojo mejorado), descubre que Valerie tiene una conexión especial con la bestia, y la utiliza como cebo. Así es, ella puede oír al lobo y sabe que éste solo desea que lo acompañe, que dejará en paz al pueblo y no matará más, pero… bueno, la chica tiene planes, hay que entenderla. Lo que no se entiende es el razonamiento del licántropo, una vez que revela su identidad, o cómo es posible no notar una profunda mordedura. El disparate llega a su cima en los minutos finales, donde Valerie descubre la naturaleza de su deseo sexual.
Dicen que Amanda Seyfried es buena actriz, pero yo sigo sin ver en ella más que una cara bonita (y ni eso, pero seamos amables), una chica a la que necesitan vender como una estrella, sacándola siempre lo más favorecida posible, importando muy poco su interpretación, o lo que sea que intenta, en este caso un calco de lo que hace Kristen Stewart en la saga de los vampiros. No por casualidad, al padre de ambas lo encarna el mismo actor, un Billy Burke que gana puntos cuando se desmelena (‘Furia ciega 3D’/‘Drive Angry 3D’), y el pretendiente que no conviene a Valerie, pero que la atrae sin remedio, está interpretado por Shiloh Fernandez, que estuvo a punto de arrebatar el papel de Edward a Robert Pattinson (dicen que fue Stewart quien decidió). Por el torpe escenario de cartón piedra, nunca convincente como pueblo, se pasean entre desorientados e histriónicos actores de tan variada competencia como Max Irons (al igual que Fernandez, con un look actual, y posando más que interpretando), Virginia Madsen, Lukas Haas, Julie Christie o Gary Oldman, protagonista involuntario de las escenas más divertidas de la película. Cien minutos de ñoño romanticismo, hueca intriga y descafeinado terror; no recomendaría ‘Caperucita roja’ ni a mi peor enemigo. Bueno, solo a él.
Una estructura muy sencilla y lineal, que expresa las ideas una total claridad, va uniendo imágenes de archivo bajo la voz de Kieran O’Brien, quien nos explica los hechos históricos que los mandatarios han aprovechado o bien provocado para someter a sus pueblos a los regímenes políticos y económicos que les eran propicios. Entre estas imágenes, rescatadas de documentos televisivos o cinematográficos, se articula una conferencia de Klein que sirve como pinceladas a lo que se nos va indicando en off.
El grado de manipulación de ‘La doctrina del shock’ es muy bajo o casi ausente. Es posible no estar de acuerdo en la interpretación de la señora Klein acerca de la explotación de los desastres para imponer el capitalismo, pero ninguno de los puntos concretos citados, ninguno de los datos, ninguna de las informaciones se puede rebatir o, siquiera, discutir. Con ello, por mucho que no se coincida en los métodos, parece no quedar duda sobre las malas artes puestas en marcha por los políticos que se reflejan en el documental y cuyas malas prácticas, todo hay que decirlo, no eran un secreto para nadie.
Recordar hechos como los ocurridos en los años ’70 en Chile y en Argentina llenan de lágrimas los ojos, aunque no se trate de nada que desconozcamos. Curiosamente, sucesos acaecidos más recientemente, habían quedado menos claros en nuestro entendimiento --al menos, en el mío--, como las maniobras de Yeltsin.
No parece que Naomi Klein haya descubierto nada que no supiésemos ya, pues ese refrán que utilizo en el titular, «a río revuelto, ganancia de pescadores», podría servir para simplificar y dejar en la esencia esta teoría: el caos y el desastre pueden servir a los poderosos para imponer sus condiciones y sacar tajada.
Lo que sí supone una ruptura es hacer ver que ese capitalismo que siempre se ha vendido como autorregulador, libre y utópico, casi nunca ha llegado de manera natural y espontánea, sino que ha sido impuesto de forma muy controladora por los gobiernos. Esa falta de injerencia que predicaban Milton Friedman y su escuela de Chicago no era real. Ni siquiera estamos hablando de que fuese necesaria una imposición forzosa al inicio para luego dejarlo volar solo con resultados positivos.
Diferente y complementaria a ‘Inside Job’
Comparada con ‘Inside Job’, ‘La doctrina del shock’ es una película más amplia históricamente, pues se remonta varias décadas para hablar de cómo se empezó a utilizar esta doctrina. Al mismo tiempo, es más limitada en cuanto la explicación de la crisis, pues se refiere únicamente a un aspecto y no a la globalidad de lo que nos ha llevado hasta aquí. No aspira a cubrirlo todo, sino a dar una vertiente, una faceta de esta situación.
Si en ‘Inside Job’ se entrevistaba a parte de los responsables del desplome financiero y se les dejaba en ridículo con claras intenciones, aquí no aparecen entrevistas de ningún tipo. Se incluyen declaraciones, pero hechas antes del documental, es decir, material de archivo. Y si Naomi Klein aparece hablando con personas es más que nada con víctimas.
Otra diferencia con ‘Inside Job’ es que sí da un mensaje final con el que poder ponerse en marcha. Klein invita a salir a la calle. En los dos años que han pasado desde que se hizo el documental, esto ya se ha puesto en práctica --en España tenemos movimientos como el 15M--, aunque no sé si de la forma que ella proclamaba, por lo que se podría decir que está más vigente que nunca o más obsoleta que nunca. Lo que parece quedar claro es que su conclusión de que el shock ya no hace efecto está obsoleta, pues se ha demostrado que el efecto se sigue produciendo tal cual y que reaccionamos a las crisis con resultados de pánico y desesperación, no similares, pero sí equivalentes a los de las décadas pasadas.
Conclusión
No sé si tiene sentido decir que es un documental necesario, comentario habitual ante este tipo de productos, ya que, como también comento siempre, estas cintas o libros predican al converso y su necesidad se pierde un poco cuando quienes lo ven son quienes ya están convencidos. Lo calificaría de necesario, como todos los otros documentales similares, si estuviésemos hablando de que lo fuese a ver alguien que forme parte del problema y no de la solución. Para quienes ya están de parte de Klein, puede ser un buen apunte que encienda un debate a la hora del café o un impulso más para salir a manifestarse. Cinematográficamente, me quedo con que es un film sencillo y lineal y gracias a ello muy claro, y que tiene la capacidad de emocionar en algún momento y de encender en casi todos.