En mi opinión, ‘El viento y el león’ (‘The Winde and the Lion’, 1975) es sin duda la película más redonda del realizador norteamericano John Milius, responsable de por ejemplo la mediocre adaptación de ‘Conan, el bárbaro’ (‘Conan the barbarian’, 1982) o de la más que interesante ‘El gran miércoles’ (‘Big Wednesday’, 1978), y cuya irregular carrera va a ser recordada, sobre todo, por su aportación decisiva al guión de ‘Apocalypse Now’ (íd, Francis Ford Coppola, 1979). Aquí Milius da lo mejor de sí mismo, tanto en la composición de un guión formidable basado en eventos reales acaecidos a principios del siglo XX, como en la poderosa, humilde, despojada puesta en escena, que para muchos anunció a un cineasta de raza de los que parecían extinguirse a gran velocidad, sobre todo en el cine abiertamente narrativo. Y por supuesto cuenta con la presencia impagable de Sean Connery, en uno de los papeles más estelares y complejos de toda su dilatada carrera. ¿Se puede pedir más? Pues lo hay.
Milius se zambulle con apasionada convicción en una etapa histórica, unas circunstancias políticas y sociales y un espíritu de épica sin límites, rechazando cualquier pretensión de divismo o de contar unos eventos políticamente correctos. Mezclando el rapto real del playboy Ion Perdicaris (aquí transformado en una mujer, Eden Pedecaris/Candice Bergen, que es uno de los caracteres femeninos más notables que recuerdo en un filme de aventuras) con su propia visión del bandido, pirata, ladrón Mulai Ahmed er Raisuli, el director construye una peripecia de acción y aventuras en la que se dan la mano la crueldad con la compasión, el idealismo con el fanatismo, el cine de verbo con el cine de dinamismo visual y sonoro, en un difícil pero meritorio equilibrio del que nacen algunas secuencias inolvidables, y una innegable visión personal del mundo y el hombre, que es lo que creo debe atesorar toda ficción. Filmada por entero en España (en localizaciones magníficas de Madrid, Almería y Sevilla), en un imponente aspect ratio de 2.20:1 (sublimado por uno de los trabajos más inspirados del operador Billy Williams), ‘El viento y el león’ representa, ante todo, una experiencia sensorial e intelectual de primera magnitud.
Ese oscuro guerrero idealista
Raisuli rapta a Eden y a sus hijos con la sola intención de provocar una guerra civil que, a su modo de ver, salvaría a su gente y les libraría del imperalismo que pretendían ejercer franceses, británicos o alemanes. Como en las mejores historias y poemas de Rudyard Kipling o de A.E.W. Mason, Milius cuenta sin la menor caída de ritmo o confusión una enrevesada historia de tejemanejes políticos que se ven trascendidos por la historia personal de los que dan la cara para cambiar el mundo, su mundo. Y en el choque de culturas entre Raisuli y Pedecaris, en la soterrada admiración del guerrero por la valerosa y libérrima personalidad de la mujer, y en la comprensión creciente de la privilegiada por la historia y el carácter sombrío de su captor, nace la historia de una amistad y un amor que nunca cae en lugares comunes ni se da facilidades, y que vertebra un relato plagado de violencia y tensión, de dignidad y de fracaso, en los primeros coletazos de un siglo que sería terrible en el devenir de la humanidad. Y así sin duda lo veía Milius, narrando los avatares de los últimos grandes guerreros y bandidos que perdían la vida por un ideal, por una lucha global y espiritual.
Las secuencias de batallas y de combates están inmejorablemente realizadas, con un sentido de la acción en verdad formidable, con una cámara nerviosa y fluida cuando debe serlo, o amplia y contemplativa cuando así lo requiere la historia. Creo que el diseño de producción de Gil Parrondo es la cima de su carrera, convirtiendo calles de Madrid o Sevilla en Tánger o Fez, y las llanuras y las montañas de Almería en los desiertos de Marruecos. También es de destacar un poco recordado pero ciertamente sentido y lleno de fuerza expresiva score de Jerry Goldsmith, con evidentes y muy desarrolladas influencias arábigas, pero también con el célebre sentido de la aventura y la épica del tristemente fallecido compositor. Milius dirige siempre con lucidez, esplendoroso en los exteriores e intimista y contundente en los interiores, violentísimo pero elegante, dando rienda suelta a una desaforada y pletórica sensación de libertad cuando más y más terrible se vuelve el relato, enamorado de sus personajes y de su labor.
El genio Sean Connery, al que le basta un gesto, una mirada, un ademán, para adueñarse completamente de la pantalla, sabe explotar al máximo un personaje escrito en principio para Omar Sharif y que casi cae en las manos de Anthony Quinn. Connery, que sabe leer los guiones y entender a sus personajes como pocos actores, se enfunda el traje de Raisuli y vive y respira como él, hasta el punto de que es imposible descifrar cuándo empieza el actor y termina el personaje. No interpreta, lo vive. Y Candice Bergen no se queda atrás en ningún momento, aceptando con talento pero sin sumisión la supremacía moral de Connery, ofreciendo un contrapunto maravilloso y esencial en la trama de personajes, aprovechando sus muchos momentos de lucidez y su versatilidad innegable. El resto de actores, como un sorprendente John Huston, o Brian Keith, o Geofrey Lewis, o cualquier otro, brillan a gran altura. Nada falta y nada sobra en esta película, que consigue prácticamente todo lo que se propone, y en la que la diferencia eterna entre lo buscado y lo encontrado es imperceptible.
Conclusión
Dentro de muy poco hablaremos de la más famosa versión de las aventuras artúricas. En este caso de hoy, casi podríamos hablar de aventuras raisulianas, por la complejidad y el magnetismo de un personaje extraordinario. En definitiva, gran película que todo amante del cine en general, y del buen cine de aventuras en particular, no debería perderse. Incluso ver varias veces al año.
Más que este tono adulto, lo que más aleja de los cánones a la cinta es la participación de Virginie Efira en el papel protagonista. Ni la actriz ni el personaje se ajustan a lo que estamos acostumbrados a ver en personajes femeninos en propuestas del género de este siglo, pues ya protesté hace algunos años por que aquellas maravillosas protagonistas habían dejado de existir. Esta mujer no solo es, como personaje, una profesional más preocupada por su sueño infantil de diseñar un automóvil que por encontrar marido, tener hijos y perro; sino que, como actriz, es divertida y encantadora y aporta más comedia de la que proporciona el principal masculino. Si hay algo que hace que valga la pena ver ‘La oportunidad de mi vida’ es esta intérprete belga. No significa que hayamos vuelto a Hepburn o a Keaton, pero al menos no estamos en Heigl.
Virginie Efira y Raphaël Personnaz en 'La oportunidad de mi vida' .
Lo contrario ocurre con el actor protagonista y, para más inri, es él quien, por guion, tendría que haber llevado el peso de la comedia y haber aparecido embaucador. François-Xavier Demaison se puede considerar correcto y no negaré que cae simpático, pero no enamora. No hablo de la necesidad de que hubiese sido guapo, pues la historia del cine está llena de actores que no eran especialmente bien parecidos, pero que nos han encandilado por su carisma, su forma de hablar e incluso por su timidez, así como de bellísimos rostros que no nos han dicho nada, pues nada se encontraba tras ellos. A pesar de tener un pretendiente más atractivo, encarnado por Raphaël Personnaz, comprendes que la protagonista esté enamorada de Julien porque la trata muy bien, es decir, que no hay ningún problema con la credibilidad. Sin embargo, para que ‘La oportunidad de mi vida’ fuese redonda y memorable, él debería dejar un recuerdo en la mente de las espectadoras, no solo de la protagonista.
En otras ocasiones, el humor parte de los secundarios, como ese médico al que siempre necesita recurrir el protagonista, Thomas N’Gijol, o ese diseñador tan subido y paródico, Elie Semoun. Uno puede resultar tópico con el tema de la confusión gay y el otro exagerado. No obstante, justo antes de llegar a cualquiera de esos extremos, la película sabe dar la vuelta al chiste y presentárnoslo con un desenlace que no anticiparíamos.
François-Xavier Demaison y Thomas N’Gijol en 'La oportunidad de mi vida' .
Siempre se sabe cómo van a acabar las comedias románticas, ya que el género no juga a la sorpresa. Lo que sí puede intrigarnos, especialmente en ese momento que se da en todas ellas, en el que todo se torna imposible, es averiguar de qué forma se llegará hasta ese final feliz, cómo se librarán los obstáculos. En ese sentido, ‘La oportunidad de mi vida’ muestra un impedimento que parece de mayor envergadura que el de muchas otras películas y sabe salir de él con una solución inteligente, sin echar mano de trampas de guion ni de apaños chapuceros. Muchas veces, con una idea de planteamiento muy jugosa se tira para adelante y se hace una película sin saber qué más sacar de ella, por lo que las segundas mitades suelen venirse abajo. En el caso que nos ocupa, se puede percibir que esa premisa de partida era una idea completa, que se armaba de principio a fin, y que no solamente motivaba un chiste repetible.
Nos encontramos ante una película mejor de lo que puede aparentar por su cartel o su presentación, más original que la mayoría de las que están llegando del género y con algún que otro atributo encomiable. Racionalmente, todo parece encajar y convertir a ‘La oportunidad de mi vida’ en una opción más que recomendable de entre lo que ofrece la cartelera. Pero en lo que a emociones se refiere, que es lo que de verdad importa cuando se trata de una comedia romántica, este film aporta poco, ya que no encontramos demasiada química ni vivimos el romance como algo tan apasionado que nos dolería si no pudiese cumplirse. Indiferencia ante su relación es lo que despierta el dúo protagonista, opino -aunque esto es muy personal- que por causa de él. Y con todo ello, la película queda en ser una más.
Más que este tono adulto, lo que más aleja de los cánones a la cinta es la participación de Virginie Efira en el papel protagonista. Ni la actriz ni el personaje se ajustan a lo que estamos acostumbrados a ver en personajes femeninos en propuestas del género de este siglo, pues ya protesté hace algunos años por que aquellas maravillosas protagonistas habían dejado de existir. Esta mujer no solo es, como personaje, una profesional más preocupada por su sueño infantil de diseñar un automóvil que por encontrar marido, tener hijos y perro; sino que, como actriz, es divertida y encantadora y aporta más comedia de la que proporciona el principal masculino. Si hay algo que hace que valga la pena ver ‘La oportunidad de mi vida’ es esta intérprete belga. No significa que hayamos vuelto a Hepburn o a Keaton, pero al menos no estamos en Heigl.
Virginie Efira y Raphaël Personnaz en 'La oportunidad de mi vida' .
Lo contrario ocurre con el actor protagonista y, para más inri, es él quien, por guion, tendría que haber llevado el peso de la comedia y haber aparecido embaucador. François-Xavier Demaison se puede considerar correcto y no negaré que cae simpático, pero no enamora. No hablo de la necesidad de que hubiese sido guapo, pues la historia del cine está llena de actores que no eran especialmente bien parecidos, pero que nos han encandilado por su carisma, su forma de hablar e incluso por su timidez, así como de bellísimos rostros que no nos han dicho nada, pues nada se encontraba tras ellos. A pesar de tener un pretendiente más atractivo, encarnado por Raphaël Personnaz, comprendes que la protagonista esté enamorada de Julien porque la trata muy bien, es decir, que no hay ningún problema con la credibilidad. Sin embargo, para que ‘La oportunidad de mi vida’ fuese redonda y memorable, él debería dejar un recuerdo en la mente de las espectadoras, no solo de la protagonista.
En otras ocasiones, el humor parte de los secundarios, como ese médico al que siempre necesita recurrir el protagonista, Thomas N’Gijol, o ese diseñador tan subido y paródico, Elie Semoun. Uno puede resultar tópico con el tema de la confusión gay y el otro exagerado. No obstante, justo antes de llegar a cualquiera de esos extremos, la película sabe dar la vuelta al chiste y presentárnoslo con un desenlace que no anticiparíamos.
François-Xavier Demaison y Thomas N’Gijol en 'La oportunidad de mi vida' .
Siempre se sabe cómo van a acabar las comedias románticas, ya que el género no juga a la sorpresa. Lo que sí puede intrigarnos, especialmente en ese momento que se da en todas ellas, en el que todo se torna imposible, es averiguar de qué forma se llegará hasta ese final feliz, cómo se librarán los obstáculos. En ese sentido, ‘La oportunidad de mi vida’ muestra un impedimento que parece de mayor envergadura que el de muchas otras películas y sabe salir de él con una solución inteligente, sin echar mano de trampas de guion ni de apaños chapuceros. Muchas veces, con una idea de planteamiento muy jugosa se tira para adelante y se hace una película sin saber qué más sacar de ella, por lo que las segundas mitades suelen venirse abajo. En el caso que nos ocupa, se puede percibir que esa premisa de partida era una idea completa, que se armaba de principio a fin, y que no solamente motivaba un chiste repetible.
En conclusión, nos encontramos ante una película mejor de lo que puede aparentar por su cartel o su presentación, más original que la mayoría de las que están llegando del género y con algún que otro atributo encomiable. Racionalmente, todo parece encajar y convertir a ‘La oportunidad de mi vida’ en una opción más que recomendable de entre lo que ofrece la cartelera. Pero en lo que a emociones se refiere, que es lo que de verdad importa cuando se trata de una comedia romántica, este film aporta poco, ya que no encontramos demasiada química ni vivimos el romance como algo tan apasionado que nos dolería si no pudiese cumplirse. Indiferencia ante su relación es lo que despierta el dúo protagonista, opino -aunque esto es muy personal- que por causa de él. Y con todo ello, la película es una más.