La historia es sencilla: una estrella del cine mudo, George Valentin, se enamora de la perfecta desconocida Peppy Miller. Como esto es Hollywood, y ellos se enamoran y el cine mudo se derrumba, la ironía salpicará a Valentin, llevando el final de su medio a la decadencia y propulsará a Miller, con papeles protagonistas que encorvarán una historia de amor donde también el aire turbio de la relevancia en los focos y las cámaras juega un gran papel.
¿Cuántas veces hemos visto esa historia? El Hollywood de los sueños rotos. El mundo del espectáculo de los sueños rotos. ¿Cuantos Mankiewicz hacen falta para que se considere evidente? Aunque es obvio que el modelo de la película, apropiado sin piedad, es otro. En fin, tras tantas versiones de ‘Ha nacido una estrella’ parece que otra, un poquito más ingeniosa apriorísticamente, ya les da a los Weinstein para trabajar su maquinaria de propaganda, premios y buen negocio. Bien está. La película descubre dos actuaciones muy dulces, las de un irresistible Jean Dujardin, un actor con una interminable capacidad para resultar encantador que uno espera que actúe en más comedias, y Berénice Bejo, perfectos para una pareja de apuestos protagonistas perdidos en un Hollywood que antes que real resulta otro cliché fílmico, casi modelado a partir de ‘Cantando bajo la lluvia’ (Singing in the rain; 1952) que también hablaba de un cine que se acaba, por otra parte, y de una estrella del cine mudo, y de una edad dorada, y lo hacía, os recuerdo, con mayor estilo y enjundia y con novedades narrativas mucho más interesantes.
Pero volvamos al score de Vértigo. La película no es conforma con la ruptura constante de la gramática del cine mudo al que decide homenajear, supongo que no pasa nada porque, disculpad, dudo mucho que ahora se revele la cinefilia como una amante inquebrantable de ‘Amanecer’ (Sunrise, 1927) de FW Murnau, por ejemplo. Más bien, la película juega con la obvia asociación del cine mudo con el slapstick (véase: Harold Lloyd, Buster Keaton y Charles Chaplin: aunque sin ahondar en sus poéticas) y aunque contenga audacias visuales (Como la obertura) carece de cualquier rigor.
Vale. Asumamos que esa no es la intención. ¿Entonces en qué consiste el homenaje? Exactamente en la escena del score de Vértigo que tanto parece complacer a la gente: en confundir el pasado en uno, sin un discurso autoral lo suficientemente potente o poético. El score de Bernard Herrmann, apropiado sin vergüenza, da una idea exacta de lo que Michael Hazanavicius piensa de la memoria cinéfila, suya o de los demás: todo está al servicio del efectismo, justificado por el tono dulzón y encantador de sus protagonistas y todo carece de contexto alguno. Donde Herrmann compuso una banda sonora para poner al servicio de una idea profunda de arte, de lo que yo diría que es un duelo de pulsiones entre él y Hitchcock (no diría que Herrmann es menor a Hitchcock en presencia en su obra maestra) usando el ritornello en una película que habla del pasado, de la obsesión, de los fantasmas, aquí de lo que se trata es de ponerla al servicio de una discusión y un fracaso, de un drama de una estrella de cine.
Tamaño gesto me parece poco menos que una idiotez considerable y habrá quien confunda esto con homenaje. Honestamente, con homenajes así no hacen falta parodias ni farsas; pero voy más allá: esta película es poco menos que una serie de simpáticas peripecias para gente con poco o nulo interés en la Historia del cine, una historia de amor con dos personajes más encantadores que con algún tipo de construcción psicológica (justificando la forma así, el escaso dibujo que obtenemos de todos – arquetipos y apropiaciones antes que personajes interesantes) y un entretenimiento convencional con destellos de ingenio que, supongo, será confundida debidamente con algún tipo de excentricidad o de proyecto artístico.
Godard es un poco más abstracto que esas historias preciosas que imaginan la tensión de un androide con su lágrima y lo que hace es imaginar la incomprensión de una mujer ante la conciencia y el amor. La línea final es valiente, suicida: una hermosa declaración de amor que desmiente a los que pensaron en él como un cineasta frío e impasible por tener sentimientos y no sentimentalismo, que nunca vinieron a ser lo mismo.
Uno de los primeros puntos que hay que comentar sobre ‘Willow’ es la importancia de la implicación de George Lucas como creador de la historia, ya que ésta guarda varios puntos en común con la mitología de Star Wars. Eso sí, el primer error que cometió fue delegar su historia en manos menos competentes de loa habitual, ya que confiar en las habilidades como director del insulso Ron Howard esperando encontrar en él a un complice del nivel de Steven Spielberg es el primer gran error de ‘Willow’. Howard no es un realizador que sepa imprimir personalidad a un proyecto, y eso es algo que puede pasarse por algo en según que tipo de producciones, pero una cinta de aventuras sin un director que sepa qué hacer con el material de base suele estar condenada a ser una memez de mucho cuidado. Y ‘Willow’ no es un oasis en su carrera, ya que se muestra incapaz de dotar de auténtica emoción a la aventura, un ritmo vibrante que lo compense o de un apartado visual fascinante. Y es que, soy consciente de que ‘Willow’ se hizo en 1988, pero cuesta entender la firmación de Lucas sobre que tardó tanto (el germen de la película data de 1972) en conseguir llevar su idea a la pantalla porque era entonces cuando los efectos visuales habían alcanzado una evolución suficiente.
No tengo problemas en reconocer en el hecho de que me encantan las escenas de combates con espada (los sables láser, al ser básicamente lo mismo, también me sirven), y es que, en su mejor nivel, creo que transmiten una épica especial que los peleas a golpes o los tiroteos no llegan a alcanzar. Por eso, mi decepción con ‘Willow’ fue más notoria, ya que nos ofrece nada relevante en este apartado cuando lo tenía todo de cara para dar el do de pecho. En el apartado de magía y hechicería tampoco mejora la cosa, ya que los animales parlantes, si bien no resultan particularmente ridículos (eso hay que dejárselo a cintas como ‘Zooloco’), no logran transmitir misticismo a la historia, sino que casi parecen sacados de una capa de comedia que la película nunca llega a remarcar lo suficiente. El combate de hechizos y todo lo relacionado con el uso individual de la magia es un fracaso categórico, ya que nunca te transmite la sensación de poder que debería, y ya mejor no hablemos de la batalla final. Por el camino, sí que aparece alguna criatura curiosa en el camino de Willow para completar su misión personal, pero ninguna trasciende lo suficiente para permanecer en la memoria colectiva.
Ya he atacado a Ron Howard, pero tengo que hacer justicia y comentar que es en el guión de Bob Dolman donde surgen las principales deficiencias de la película, algo que llegó a ser reconocido con una nominación a los Razzie. Creo que todos recordaréis la existencia de una película llamada ‘La princesa prometida’, otro relato con un marcado componente de cuento infantil que se estrenó un año antes que ‘Willow’. ¿Cuál es la diferencia? El primero la estructura, y es que la cinta de Rob Reiner acierta sobremanera a la hora de presentarnos la historia como un relato que un abuelo cuenta a su nieto, ya que esa cercanía emocional es algo con lo que cualquiera puede empatizar. Lo segundo es que la diferencia como guionistas entre William Goldman y Bob Dolman es similar a la que hay entre un bistec y una hamburguesa, ya que el primero construye un relato mágico con grandes personajes (puede gustar o no la película, pero cierta frase de la película ha pasado a la historia por méritos propios) y que funciona en casi todo lo que se propone. Eso no es lo que pasa en ‘Willow’, donde la todopoderosa villana nunca infunde temor, los héroes carecen de suficiente empaque y la historia se desarrolla de forma monótona y previsible en el mal sentido de la palabra. Si hay algo que merece salvar es a Val Kilmer y su Madmartigan, ya que la escena en la que el camino del protagonista se cruza con el suyo es lo más disfrutable de la función, y lo es gracia al carisma y socarronería de la que Kilmer dota al personaje. Luego, por desgracia, el personaje decae y nunca llega a estar a la altura de ese momento, pero con eso le sobra para comerse con patatas a Warwick Davis (un héroe no demasiado insulso, pero sin la capacidad para liderar una historia como la que nos cuenta ‘Willow’ y a cualquiera que se cruce en su camino.
En definitiva, ‘Willow’ es un clásico menor, pero ese concepto (el de ‘clásico’) no va necesariamente asociado al hecho de ser una buena película. Sí que sucede más menudo que cuando hablamos de una película de culto, algo que también podríamos asociar a este film, pero no es garantía de nada. Personalmente, creo que estamos ante un divertimento que nunca llega a enganchar al espectador, que tiene una duración desproporcionada y que únicamente el personaje de Madmartigan llega a ser interesante. El resto, una aventura un tanto monótona con ecos de Star Wars, pero sin siquiera llegar a igualar el nivel de la más floja de sus seis entregas, y unos elementos de hechicería que carecen de garra. Vamos, una película muy prescindible.
No es el único galardón que se entregó anoche. ‘Las aventuras de Tintín: El secreto del Unicornio’ (‘The Adventures of Tintin’) fue elegida la mejor película de animación de 2011, repitiéndose el resultado de la gala de los Globos de Oro. Parece claro que la película de Steven Spielberg se llevará el Oscar a pesar de que se apostaba fuerte por ‘Rango’. También se eligió el mejor documental del año pasado y el premio fue para ‘Beats, Rhymes & Life: the Travels of a Tribe Called Quest’ de Michael Rapaport (conocido actor visto en ‘Poderosa Afrodita’ o ‘Copland’). Curiosamente, esta producción no aspira al Oscar, no estará entre las nominadas que se anunciarán el próximo día 24.
PD: ‘The Artist’ no llegó a los 5 primeros puestos en la encuesta de la mejor película de 2011 según los lectores de Blogdecine.
Está claro que, si se ambienta cualquier historia durante una guerra y se escoge a los protagonistas en un bando concreto, las connotaciones políticas no se pueden obviar. Lo extraño sería que estos dos señores, mientras indagan, no se topasen a cada momento con sospechas de traición y con la obligación de demostrar constantemente de qué parte están en modo de exaltaciones patrióticas e insultos al contrario. Estas cuestiones se sitúan en el film como enmarcación histórica, pero no lo invaden ni desvirtúan su esencia de thriller. Lo que ocupa todos y cada uno de los diálogos es la investigación que, de forma muy ordenada, cabal y creíble, lleva al protagonista hasta el culpable. La solución no es previsible, pero una vez resuelto el caso, todo encaja y no se puede decir que haya habido trampas para crear despistes, falsos culpables ni escamoteo de la información para evitar que se adivine. Quien no se entretenga con un seguimiento de pistas, al modo tradicional, en el que una lleva a la otra y así se concatenan sucesivamente, se aburrirá con una película en la que casi todo son diálogos, pero para mí es uno de los géneros más disfrutables. Además, como me quejo una y otra vez de que las películas tarden en arrancar, encontrarme con una que presenta el conflicto principal en su primera escena supone alborozo.
Las tramas secundarias se despachan con rapidez como consecuencia más o menos inevitable de adaptar una novela, en la que cabe más contenido no solo porque no hay límite al número de páginas, sino porque la estructura en literatura es menos exigente que en el cine. Personalmente, prefiero que se haya optado por abreviar excesivamente los asuntos amorosos y familiares a que le hubiesen dedicado demasiado tiempo, deteniendo así las pesquisas cada dos por tres. La opción de eliminarlas por completo tampoco me habría parecido la más acertada, ya que estas subtramas sirven, al menos, para dar alguna pincelada sobre el personaje de Arturo Andrade, quien, de otra forma, parecería demasiado inhumano.
Los actores están correctos en general. Diría que se los percibe creíbles, desde Carmelo Gómez hasta el último testigo entrevistado, gracias a unos diálogos naturales, que no escatiman los tacos y que reproducen en habla de la época, además de la jerga militar... es una de las ventajas que tiene ver una película patria, que no hay que escuchar un doblaje basado en una traducción hecha en un registro más elevado -menos coloquial- que el original, ni escuchar una v. o. en la que conectemos mucho menos con la cotidianeidad de las interpretaciones. Sorprende Juan Diego Botto con una versatilidad que hasta ahora no había demostrado y que no le auguraría, ya que, para mí, siempre será ese concienciado de buena familia que tan bien se retrató en este cameo.
‘Silencio en la nieve’ cuenta con un buen diseño de producción. Aunque sea algo que no debería mencionarse, cuando se trata de cine español parece inevitable resaltar como virtudes las ausencias de algunos defectos. Por lo tanto, habrá que decir que el aspecto general de la película es correcto y que en él que no se percibe que se haya escatimado con el presupuesto ni que se hayan resuelto cuestiones de forma chapucera. Solo en una ocasión -en un recorrido en camión- se puede adivinar que se habrá combinado el rodaje en estudio con algunos exteriores, ya que se ve un tanto extraño el montaje entre los planos muy cortos de los actores y los exteriores sin referencia. Si bien Gerardo Herrero no tiene una mano especialmente hábil, considero que en este caso resulta solvente y que las críticas que pueda recibir esta película hacia el departamento de dirección probablemente estén más motivadas por trabajos previos de Herrero o por su fama que por el resultado presente que, sin ser perfecto, funciona.
‘Silencio en la nieve’ es la mejor película española que he visto en 2012, lo cual, por el momento o es mucho decir, ya que el año no ha hecho más que empezar. Pero me temo que, según avancen los meses, la cosa no va a cambiar exponencialmente. Este thriller arranca presentando el conflicto de forma fulminante y, a partir de ahí, centra un alto porcentaje de sus minutos en la resolución del caso de los asesinatos múltiples y deja entrar temas religiosos y políticos de manera natural como forma de dar realismo al marco histórico en el que se encuadra.
Preparando mi texto sobre ‘Drive’ (id, Nicolas Winding Refn, 2011) me he dado cuenta de que una de sus imágenes me viene a la perfección para presentar el especial que la mayor parte de vosotros pedistéis en su momento, y que en mi crítica sobre esa maravilla titulada ‘One Day’ (id, Lone Sherfig, 2011) ya anunciaba. A lo largo y ancho de su existencia, el séptimo arte nos ha hablado de muchas cosas, siempre como reflejo de la dura realidad que nos toca vivir, y de miles de formas distintas. El elemento común denominador de muchas de esas historias, ya sean westerns, thrillers o películas de ciencia ficción, ha sido en la mayoría de los casos el sentimiento más preciado que el ser humano posee, el amor. Prostituido sin compasión en cientos y cientos de títulos, la visión que nos ha dado el Cine del amor es una imagen falsa, a ratos absurda e incluso peligrosa. La influencia del cine sobre la sociedad es tan poderosa y tan engañabobos que somos unos verdaderos gilipollas al creer que eso del amor eterno o verdadero existe. Bastan unas cuantas bofetadas de la vida para darnos cuenta de que los cuentos de princesas y príncipes enamorados son en verdad una falacia.
Pero no quiero ser malinterpretado, no tengo nada en contra de idealizar el amor, o de volvernos imbéciles cuando nos enamoramos, todo el mundo tiene derecho a pegarse una hostia en ese aspecto, y qué narices, tal y como decía el personaje de Barbra Streisand en la fallida ‘El amor tiene dos caras’ (‘The Mirror Has Two Faces’, 1996) “porque nos sentimos de puta madre”. Y es verdad. Pero en este especial no trataremos únicamente el elemento ñoño del amor, sino todos sus elementos --imposible, ya lo sé--, el dolor, el sacrificio, la confianza, el sexo, la pasión, la obsesión, la locura, etc. La selección de títulos no ha sido nada fácil, me ha llevado meses, y mi memoria, más la inestimable ayuda de colegas críticos de varios medios, ha hecho uno de esos esfuerzos que creo merecen la pena. 32 títulos que describen a la perfección, y como sólo el arte puede hacer, un sentimiento que seguirá produciendo fascinanción y misterio en siglos venideros. El Cine y nuestras propias experiencias dejan su legado al respecto.
Os invito a acompañarme en este apasionante viaje en el que nos pondremos muy sensibles, y también muy crueles. Como la vida misma. Y quiero dedicárselo a todos en general, y en particular a V., X. y M. por haber llenado mi vida en diferentes momentos de la misma, y por muchas cosas más, ayudándome a completar mi visión de algo que jamás llegaremos a entender del todo. Creo que si así fuera, perdería toda su esencia.