PD: Extraído de la Wikipedia: “Las pacientes diagnosticadas con histeria femenina debían recibir un tratamiento conocido como “masaje pélvico”: estimulación manual de los genitales de la mujer por el doctor hasta llegar al orgasmo, que en el contexto de la época se denominaba “paroxismo histérico” al considerar el deseo sexual reprimido de las mujeres una enfermedad. [...] El único problema era que los médicos no disfrutaban con la tediosa tarea del masaje. La técnica era difícil de dominar para un médico y podía tomar horas llegar al “paroxismo histérico”. Derivarlas a las comadronas era una práctica habitual…“
Hace ya casi un mes que anuncié el estreno de ‘La vida en tiempos de guerra’ (‘Life During War Time’, 2009), de Todd Solondz, y mis planes de no perdérmela. Pero no ha sido hasta hace unos días que por fin me he acercado al cine a verla.
Como indicaba, esta película retoma a los personajes de ‘Happiness’ (id., 1998) diez años después. El papel de Joy, que estaba interpretado entonces por Jane Adams, ahora lo tiene Shirley Henderson. De Trish hace Allison Janney, en lugar de Cynthia Stevenson. Y en el puesto de Lara Flynn Boyle, como Helen, está Ally Sheedy. El personaje de Dylan Baker, Bill, lo encarna aquí Ciarán Hinds. Charlotte Rampling o Paul Reubens --más conocido como Pee-Wee Herman-- también forman parte del elenco.
Las tres hermanas ya son cuarentonas o cincuentonas y afrontan nuevos problemas en sus vidas, que tanto pueden ser fruto de sus propias neurosis y conflictos, como provocados por las deficiencias sociales de aquellos que las rodean. La película se articula a base de largas conversaciones donde se sacan a la luz todos estos comportamientos disfuncionales y sus consecuencias. En paralelo vemos las cuestiones de cada una de las hermanas, que más adelante confluyen para apoyarse o para ahondar en sus heridas.
Solondz reflexiona sobre su cine
‘La vida en tiempos de guerra’ denota mucho de la reflexión que Solondz hace acerca de su cine anterior o, más exactamente, acerca de las reacciones del público hacia su cine anterior. El autor ha observado que no todos los espectadores ven sus películas como él había calculado: que se ríen cuando no deberían --pues de otros momentos sí busca la comicidad-- y se toman en broma a personajes que él había creado para encarnar problemas graves. Tanto es así, que ha llegado a la paradójica conclusión de que su cine no es para aquellas personas a las que les gusta.
Tras estas consideraciones del autor, se adivina en su último film una intención de dejar más claro qué partes de lo que muestra merecen ser tomadas a risa y cuáles, no. ‘La vida en tiempos de guerra’ es una película mucho menos humorística que otras. Pero a la vez se intuye a Solondz incómodo con lo que está haciendo, temeroso... como si el terreno que dominaba tan bien ya no le perteneciese. Es demasiado consciente de lo que hace y de la reacción que puede provocar y todo ello redunda, si acaso sutilmente, en detrimento de la fuerza del film.
Por sencillo que parezca, lo que intenta Solondz es sumamente difícil: los actores deben interpretar con la cara seria y sin inmutarse diálogos que se podrían entender como absurdos, risibles, locos, exagerados... según el momento y la persona que los reciba. En todas sus anteriores películas conseguía el tono para hacer algo tan complicado. En ‘La vida en tiempos de guerra’ no siempre le sale. Así, hallamos escenas en el film que no están plenamente conseguidas, que aguantan el tono con dificultad, situaciones que se podrían ver forzadas o actores que no parecen del todo convencidos de sus diálogos.
Aunque Solondz haya regresado a los planteamientos de ‘Happiness’, eso no significa que haya alcanzado la altura de aquel film genial. La presente película es más digerible que sus dos últimas --‘Storytelling’ y ‘Palíndromos’--, pero no las supera en interés. No recomendaría comenzar por esta cinta para conocer la obra de Solondz, pues parece hecha para quienes ya están familiarizados con su trabajo. Sería preferible iniciarse con ‘Happiness’ o ‘Bienvenidos a la casa de muñecas’.
No obstante, Todd Solondz conserva su mayor habilidad, para bien o para mal: la de no dejar indiferente al espectador. Los últimos momentos de ‘La vida en tiempos de guerra’ recuperan la fuerza dramática, así como la capacidad de impacto --la escena de Bill con su hijo mayor es muy poderosa-- y el conjunto es devastador. La intención del autor de hacer pensar a sus espectadores sobre los problemas mentales de sus personajes está cumplida. El propósito de no gustar a las personas a las que les gusta, por imposible que parezca, también lo conquista el cineasta, pues provoca un malestar inapelable que al mismo tiempo te hace concluir que lo que has visto es bueno. Paradójico, pero así es Solondz.
Cuando el pasado viernes comentaba los estrenos de la semana, tuve que imaginar qué podíamos esperar de la francesa ‘Mis tardes con Margeritte’, y dije que en el mejor de los casos hallaríamos una tierna historia sobre dos personajes que mejoran sus vidas gracias a su encuentro; por el contrario, si los actores no estaban inspirados y el director no daba con el tono, podría ser un gran aburrimiento. Afortunadamente, resultó más acertada la primera predicción. Al menos, es lo que yo he encontrado, que en esto del cine, por más que lo nieguen los “opinadores objetivos”, juega mucho la percepción individual, que a menudo se ve influida por elementos externos al film (la sala, la compañía, el cansancio, la salud). Tengo entre los borradores un artículo sobre este tema, así que podemos aparcarlo para más adelante.
‘La tête en friche’ (2010), titulada aquí ‘Mis tardes con Margeritte’, está escrita por Jean-Loup Dabadie y el director del film, Jean Becker, a partir de la novela homónima de Marie-Sabine Roger (editada en nuestro país como ‘Tardes con Margeritte’). La historia se centra en Germain, un hombre tosco que ronda los cincuenta años, casi analfabeto, cuida de una madre borracha que siempre lo despreció y se gana la vida con pequeñas chapuzas y los frutos que obtiene de su pequeño huerto. Está atrapado en la vida que le ha tocado, hasta que una tarde conoce a Margeritte, y todo cambia.
Germain (Gérard Depardieu) llega a describir a Margeritte (Gisèle Casadesus) como una anciana de apenas cuarenta kilos, tan frágil como una delicada figurita de cristal. Pero bajo esa quebradiza apariencia hay una persona todavía llena de vida, culta y muy curiosa, una apasionada lectora, algo que fascina a Germain, quien reconoce un tanto avergonzado que leer no es lo suyo. A diferencia de otras personas que ha conocido a lo largo de su vida, Margeritte no se burla de su incultura, al contrario, lo anima al cambio y a buscar en la lectura aventuras y reflexiones apasionantes. Así que cada tarde los dos se sientan un rato en el mismo banco, delante de las mismas diecinueve palomas, y devoran libros juntos, a su manera; ella lee en voz alta y él cierra los ojos y se imagina las historias, viviéndolas intensamente, como si fueran películas en su cabeza.
Mente sin cultivar, hombre encogido
El encuentro con Margeritte anima a Germain, le da impulso y le proporciona una nueva energía, a través de la lectura se descubre a sí mismo y se va transformando en alguien más libre y seguro. Es un cambio profundo que está plasmado con gran acierto en la película, natural y convincentemente, sin esas prisas tan habituales en el cine y apoyado en el excelente trabajo de los actores. Es algo digno de elogio que aunque el film dura menos de una hora y media, a Becker le da tiempo de sobra no sólo para narrarnos con soltura y precisión la estrecha relación que se estable entre estos dos personajes tan dispares, sino también para exponernos episodios significativos de la infancia de Germain (insertados con experta precisión) y presentarnos el particular universo en el que éste se mueve.
De esta manera se comprende mejor al protagonista, que no es un simple “tonto del pueblo”, como lo define una (lamentable) crítica de cierto periódico de tirada nacional. Germain no sufre retraso mental alguno, es un hombre que no lo tuvo fácil y que no ha sido capaz de levantarse de los golpes (físicos y psicológicos) que recibió en su niñez, resultando un adulto empequeñecido, acomplejado, inseguro e incapaz de expresar todo lo que lleva dentro (esto se ve también en la relación con su novia, a quien interpreta la atractiva Sophie Guillemin). Es inteligente y habilidoso, como queda demostrado en varias ocasiones (cuando recuerda frases con precisión o explica que hay más tipos de tomates que los que recoge el diccionario), y es un acierto del film el mostrar que hay distintas maneras de saber, que Germain puede enseñar a Margeritte tanto como ella a él, que ambos pueden enriquecerse con los conocimientos del otro. De esta forma, con su amistad (ese quererse de otra manera) se completan y son más felices.
Se puede tachar la historia de azucarada y sensiblera (desde luego la película no es apta para el espectador más cínico o pesimista, que sólo vea maldad y egoísmo en el ser humano) y a Becker de una puesta en escena algo simplona, pero es innegable que el viaje interior de Germain está bien narrado y atrapa; que el relato goza de fuerza y autenticidad, con personajes vivos, que se sienten como ciertas sus personalidades y sus emociones. En definitiva, consigue que a uno le llegue a resultar indiferente que el mundo esté efectivamente poblado por individuos mezquinos, falsos e incapaces de amar, porque sólo tienes que encontrar a un puñado de personas que valgan la pena, y refugiarte en ellas, así como en la magia de los libros (y/o de las películas) para disfrutar de una vida plena.
Cuando el pasado viernes comentaba los estrenos de la semana, tuve que imaginar qué podíamos esperar de la francesa ‘Mis tardes con Margueritte’, y dije que en el mejor de los casos hallaríamos una tierna historia sobre dos personajes que mejoran sus vidas gracias a su encuentro; por el contrario, si los actores no estaban inspirados y el director no daba con el tono, podría ser un gran aburrimiento. Afortunadamente, resultó más acertada la primera predicción. Al menos, es lo que yo he encontrado, que en esto del cine, por más que lo nieguen los “opinadores objetivos”, juega mucho la percepción individual, que a menudo se ve influida por elementos externos al film (la sala, la compañía, el cansancio, la salud). Tengo entre los borradores un artículo sobre este tema, así que podemos aparcarlo para más adelante.
‘La tête en friche’ (2010), titulada aquí ‘Mis tardes con Margueritte’, está escrita por Jean-Loup Dabadie y el director del film, Jean Becker, a partir de la novela homónima de Marie-Sabine Roger (editada en nuestro país como ‘Tardes con Margueritte’). La historia se centra en Germain, un hombre tosco que ronda los cincuenta años, casi analfabeto, cuida de una madre borracha que siempre lo despreció y se gana la vida con pequeñas chapuzas y los frutos que obtiene de su pequeño huerto. Está atrapado en la vida que le ha tocado, hasta que una tarde conoce a Margueritte, y todo cambia.
Germain (Gérard Depardieu) llega a describir a Margueritte (Gisèle Casadesus) como una anciana de apenas cuarenta kilos, tan frágil como una delicada figurita de cristal. Pero bajo esa quebradiza apariencia hay una persona todavía llena de vida, culta y muy curiosa, una apasionada lectora, algo que fascina a Germain, quien reconoce un tanto avergonzado que leer no es lo suyo. A diferencia de otras personas que ha conocido a lo largo de su vida, Margeritte no se burla de su incultura, al contrario, lo anima al cambio y a buscar en la lectura aventuras y reflexiones apasionantes. Así que cada tarde los dos se sientan un rato en el mismo banco, delante de las mismas diecinueve palomas, y devoran libros juntos, a su manera; ella lee en voz alta y él cierra los ojos y se imagina las historias, viviéndolas intensamente, como si fueran películas en su cabeza.
Mente sin cultivar, hombre encogido
El encuentro con Margueritte anima a Germain, le da impulso y le proporciona una nueva energía, a través de la lectura se descubre a sí mismo y se va transformando en alguien más libre y seguro. Es un cambio profundo que está plasmado con gran acierto en la película, natural y convincentemente, sin esas prisas tan habituales en el cine y apoyado en el excelente trabajo de los actores. Es algo digno de elogio que aunque el film dura menos de una hora y media, a Becker le da tiempo de sobra no sólo para narrarnos con soltura y precisión la estrecha relación que se establece entre estos dos personajes tan dispares, sino también para exponernos episodios significativos de la infancia de Germain (insertados con experta precisión) y presentarnos el particular universo en el que éste se mueve.
De esta manera se comprende mejor al protagonista, que no es un simple “tonto del pueblo”, como lo define una (lamentable) crítica de cierto periódico de tirada nacional. Germain no sufre retraso mental alguno, es un hombre que no lo tuvo fácil y que no ha sido capaz de levantarse de los golpes (físicos y psicológicos) que recibió en su niñez, resultando un adulto empequeñecido, acomplejado, inseguro e incapaz de expresar todo lo que lleva dentro (esto se ve también en la relación con su novia, a quien interpreta la atractiva Sophie Guillemin). Es inteligente y habilidoso, como queda demostrado en varias ocasiones (cuando recuerda frases con precisión o explica que hay más tipos de tomates que los que recoge el diccionario), y es un acierto del film el mostrar que hay distintas maneras de saber, que Germain puede enseñar a Margeritte tanto como ella a él, que ambos pueden enriquecerse con los conocimientos del otro. De esta forma, con su amistad (ese quererse de otra manera) se completan y son más felices.
Se puede tachar la historia de azucarada y sensiblera (desde luego la película no es apta para el espectador más cínico o pesimista, que sólo vea maldad y egoísmo en el ser humano) y a Becker de una puesta en escena algo simplona, pero es innegable que el viaje interior de Germain está bien narrado y atrapa; que el relato goza de fuerza y autenticidad, con personajes vivos, que se sienten como ciertas sus personalidades y sus emociones. En definitiva, consigue que a uno le llegue a resultar indiferente que el mundo esté efectivamente poblado por individuos mezquinos, falsos e incapaces de amar, porque sólo tienes que encontrar a un puñado de personas que valgan la pena, y refugiarte en ellas, así como en la magia de los libros (y/o de las películas) para disfrutar de una vida plena.