Hace un par de meses os comenté que George Clooney estaba preparando ya su cuarta película como director. Se decía que la estrella tenía en mente a Philip Seymour Hoffman, Paul Giamatti, Chris Pine, Marisa Tomei y Evan Rachel Wood para que interpretasen los papeles principales, pero no los ha podido conseguir a todos. Hoffman debe estar muy ocupado y su lugar lo ocupará el propio Clooney, mientras que Pine ha sido sustituido por Ryan Gosling; los otros tres están a bordo. No nos vamos a quejar, ¿verdad?
Tras ‘Confesiones de una mente peligrosa’ (‘Confessions of a Dangerous Mind’, 2002), ‘Buenas noches, y buena suerte’ (‘Good Night, and Good Luck’, 2005) y ‘Ella es el partido’ (‘Leatherheads’, 2008), George Clooney adaptará una obra teatral de Beau Willimon titulada ‘Farragut North’ (2008). Aunque inicialmente ése iba a ser también el título del film, finalmente se ha cambiado por ‘The Ides of March’, que la verdad es que suena algo mejor. Grant Heslov y Clooney firman el guión, cuya trama gira en torno a los trapos sucios de una campaña electoral; el protagonista es un gobernador demócrata que hará lo que sea por lograr la presidencia de los Estados Unidos. El rodaje comenzará el próximo mes de febrero.
PD: Para escribir ‘Farragut North’, Willimon se inspiró en sus propias experiencias durante la campaña de Howard Dean en 2004.
Hasta que estrenó ‘Adiós pequeña adiós’, Ben Affleck no estaba bien considerado ni aún ganando un Oscar --junto con Matt Damon-- por el guión de la excelente ‘El indomable Will Hunting’ (‘Good Will Hunting’, Gus Van Sant, 1997), premio que levantó loas sospechas de gente como William Goldman, que dudaban mucho de la autoría del libreto. Affleck y Damon son amigos íntimos y por aquel entonces estaban muy relacionados con Kevin Smith, para el que Affleck interpretó nada menos que cuatro películas. En todos los ejemplos mencionados, y en otros films innombrables, quedaba patente que las cualidades interpretativas del señor Affleck se asemejan a las de un armario.
Una buen día Affleck dio un paso que casi nadie se esperaba en él, dar el salto a la dirección, y llegó la adaptación del libro de Dennis Lehane --escritor al que han recurrido ilustres como Clint Eastwood y Martin Scorsese, además de escribir algún episodio de la mejor serie de la historia, ‘The Wire‘--, en la que el actor demostró tener mucha más madera como director. Sin ser un film perfecto, ni muchísimo menos, poseía el suficiente interés como para tener en cuenta el nacimiento de un nuevo director, alguien que afortunadamente, y contra todo pronóstico, apostaba por un cine a contracorriente, casi de tintes clásicos. ‘The Town, ciudad de ladrones’ es la confirmación de ello.
Affleck vuelve a utilizar la ciudad de Boston como marco de acción para su segunda película como director. Esta vez la base está en el libro de Chuck Hogan, y sirve la oportunidad a Affleck de narrar una historia que tiene muchos puntos en común con ‘Heat’ (id, Michael Mann, 1995), pero sin llegar a lo conseguido por Mann en dicho film. En el barrio de Charlestwon, conocido por ser refugio de ladrones de bancos, actividad que pasa de padres a hijos, un grupo de amigos se dedican a cometer robos importantes poniendo en jaque a todo el departamento de policía. En uno de sus robos a un banco se llevan un rehén, la directora, con la que más tarde intimará uno de los ladrones poniendo en peligro a toda la banda.
Con el telón de fondo de una ciudad maravillosamente fotografiada --obra y gracia de Robert Elswit--, Affleck propone una mezcla de thriller de acción y drama romántico que en ningún momento llega a tener el equilibrio necesario. Si en su anterior film como director cometía el error de dejar la pareja protagonista en manos de dos actores muy limitados --independientemente de que Casey Affleck haya ofrecido alguna buena interpretación ocasionalmente--, en ‘The Town, ciudad de ladrones’ Affleck comete el error de creerse el centro del film. Su aparición en pantalla es casi continua, y eso perjudica enormemente la película, no sólo por la más que pobre interpretación del actor, incapaz de transmitir la más mínima emoción.
Consciente de que es un sex-symbol --hacía tiempo que un servidor no veía en una sala de cine a tantas mujeres babeando por alguien como Ben Affleck--, el director no quiere jugarse la carrera comercial de la película, que está claro va a recaudar más con él en el reparto. El problema es que su personaje es intragable, y el actor pierde la batalla al lado de cualquier otro del reparto, desde un Jeremy Renner contenido en un papel que podría haber caído en excesos de todo tipo, hasta las apariciones desaprovechadas de Chris Cooper y Pete Postlethwaite, pasando por un estupendo Jon Hamm, antagonista de altura cuyo enfrentamiento con Affleck se queda en nada. Sólo una despistada Rebecca Hall está a la altura del actor/realizador, ambos proporcionan una historia de amor ridícula, forzada y poco creíble. Y es que Affleck aún no está preparado para filmar escenas íntimas con convicción. Ahora bien, cuando se trata de acción, el director es otro bien distinto.
‘The Town, ciudad de ladrones’ da lo mejor de sí cuando se trata de mostrar la acción --tal vez haya tenido algo que ver la labor de Christopher Rouse, acreditado como montador adicional-- , los instantes de catarsis de todos sus personajes. Affleck dirige con nervio, alejado totalmente de los tics actuales en el cine de acción. Tres excelentes secuencias de acción son la columna vertebral de un cinta a la que hay que agradecerle su intento de sabor a thriller clásico de los años 70, al estilo de John Frankenheimer --para el que Affleck trabajó en ‘Operación Reno’ (‘Reindeer Games’, 2000)--. Un atraco a un banco, que sirve para dejar claro el modus operandi de la banda, el atraco a un furgón, que nos lleva a una de las mejores persecuciones de los últimos años, y el robo final, son muestras del incuestionable talento de Affleck para filmar acción pura y dura, sin estridencias, con un excelente uso de la violencia, aunque en conjunto no sea capaz de controlar mejor el ritmo.
Así pues, el segundo trabajo como director de Affleck refleja lo que ya se vislumbraba en el primero. No es un buen director de actores, más bien deja todo el trabajo a éstos y eligiendo intérpretes de primera poco puede preocuparle. Pero sí posee una mano firme que le ha permitido hacer un thriller más adulto de lo esperado, aunque fracasa en su intento de resultar trascendental --el plano final de Affleck, por ejemplo--. Con todo, y con la penosa cartelera que nos toca vivir desde hace meses, por no decir años, ‘The Town, ciudad de ladrones’ parece un soplo de aire fresco dentro del actual cine estadounidense, más preocupado en otras dimensiones.
Creado por Randy Queen en 1996, ‘Darkchylde’ gira en torno a Ariel Chylde (a quien Carpenter ha comparado con Laurie Strode, la protagonista de ‘Halloween’), una adolescente con una maldición: se transforma en las criaturas que aparecen en sus pesadillas. Cuando los monstruos de sus sueños escapan al mundo real, Ariel tendrá que convertirse en uno de ellos para salvar la ciudad. Suena a algo que le habría gustado filmar a Wes Craven. Por el momento no hay nombres para el reparto ni fecha de estreno, pero cabe destacar que los efectos visuales correrán a cargo de la empresa Weta (‘El señor de los anillos’, ‘Avatar’), de la que es copropietario Peter Jackson.
PD: Me sorprendió encontrar en Sitges a gente que ante todo defendía ‘The Ward’ porque era la esperada vuelta de Carpenter, como si fuera la última oportunidad de ver algo suyo en un cine. Me pregunto qué pensarán ahora que ‘Darkchylde’ está en camino.
El film comienza articulándose sobre un tema de rabiosa actualidad: la obra original y la copia En los tiempos cinematográficos que corren, el debate en torno a los remakes está a la orden del día, como hemos podido observar con el estreno de ‘Déjame entrar’, versión americana del soberbio film sueco original. Kiarostami entra en la discusión mediante la figura de un experto en arte que ha escrito una obra en la que reflexiona sobre la validez de la copia frente al original, como objeto con entidad y valores propios. Ahora, este es el punto de partida, pero la película trascenderá esta idea y se convertirá en algo mucho más interesante.
James Miller --interpretado por el barítono William Shimell en su primer papel para el cine-- es abordado después de dar una conferencia sobre su libro, de título “Copia certificada”, por una Juliette Binoche que coquetea con él y se ofrece a ejercer de cicerone al día siguiente por la zona, lo que les llevará a un viaje en coche en el que la conversación en torno a la vida y el arte también oculta el galanteo de los dos personajes. Poco a poco notamos algo extraño: los recién conocidos hablan de manera muy cercana, como si existiera un vínculo anterior. Los seguimos a través de museos y calles empedradas por la maravillosa zona de la Toscana. Esta primera parte del film se resiente quizá de un ritmo algo moroso y de una cierta redundancia en ideas y conceptos. De todas formas, la interpretación de la Binoche es fantástica, y el cantante de ópera defiende con correción su papel, por lo que el interés no decae y nos prepara para lo que vendrá a continuación.
Llega un momento en que los dos protagonistas entran en un pequeño café. Allí, el personaje de la Binoche tiene una clarificadora conversación con la propietaria del establecimiento. La mujer los toma por un matrimonio, y una vez se ha verbalizado este concepto, mágicamente se convierte en realidad: realmente son una pareja de casados con quince años de vida en común a cuestas. ¿Qué ha pasado? ¿Hemos entrado en otra película posible? En alguna crítica han llegado a comparar esta escena con David Lynch y ‘Mulholland drive’ (id, 2001), concretamente la escena en la que la caja azul cae al suelo y descubrimos que todo lo visto hasta entonces no era más que una impostura imaginada por la mente de Naomi Watts. No creo que esta vez las razones del cambio sean tan radicales. Puede que simplemente veamos a una pareja jugando en el escenario de su antigua luna de miel a no conocerse, a recrear de manera imposible el inicio de su vida en común, recuperando algo de la felicidad perdida. Esta maniobra permite al director cubrir todas las etapas de una relación en un corto espacio de tiempo y sin flashback de por medio. Esta es mi teoría, aunque nunca lo sabremos con exactitud, pero el fascinante recurso narrativo de Kiarostami funciona, y los espectadores aceptamos de buen grado el salto mortal y seguimos adelante con la pareja, reconvertida en un matrimonio desencantado.
A partir de ahí, asistiremos a los (tristes) intentos de Juliette Binoche de volver a despertar la pasión en un matrimonio que se muere. Todo bajo un atardecer resplandeciente, de una luz que hiere en su belleza y perfila las calles de la Toscana como si de un cuadro renacentista se tratara. Es la lucha del pragmatismo desapasionado de él contra la sensibilidad y ansias de sentirse amada de ella. El arte refleja la vida, y así una estatua de unos amantes abrazados sirve como metáfora de un ideal para la Binoche, que busca desesperadamente más gente que comparta su visión del mundo e interpela a unos turistas, a unos recién casados, a quien sea, para que le confirmen que aún es posible el amor.
Hay una escena muy sencilla pero antológica en la que Juliette Binoche se pinta apresuradamente los labios y se arregla nerviosa como una colegiala para el hombre al que aún ama. En esa corta secuencia, el rostro de la Binoche se convierte en un libro abierto que nos cuenta con una fuerza milagrosa, todo el dolor, todo el patetismo y toda la esperanza que se da en una relación de pareja. Pero mientras asistimos a estas imágenes, no podemos dejar de observar que las creaciones de Kiarostami pueden a su vez, estar representando, no de una manera literal, pero sí como el reflejo de un reflejo, otros personajes interpretados hace medio siglo por Ingrid Bergman y George Sands en la película de Rossellini ‘Te querré siempre’. Se repiten escenarios, situaciones y hasta diálogos, con pequeños matices. La representación así, multiplica su alcance por el reflejo de los pasos dados antes por Rossellini, y los actores se convierten en fantasmas recreando imágenes fantasmales. Da la impresión de que a la vuelta de una esquina, nos vamos a encontrar en pleno rodaje del film de Rossellini.
Este juego de espejos no resta importancia a lo que se nos está contando en el momento presente, y comprobamos apesadumbrados que la lucha de Ingrid Bergman --perdón, de Juliette Binoche-- no va tener un final feliz. La recreación de un pasado común no significa la transformación del momento presente. Lo que una vez, fue, ya no lo será nunca más. Sólo queda la melancolía y el rostro de un hombre que se mira al espejo y le asusta lo que ve, incapaz ya de ser la persona que fue hace quince años. Kiarostami inventa un nuevo género: el remake emocional. Una maravilla.
Tras el fracaso del proyecto del nuevo Superman, que iba a dirigir pero que quedó en nada, tras el fiasco comercial de ‘Mars Attacks!’ (id, 1996), Burton no podía permitirse un nuevo paso en falso dentro de la despiadada maquinaria hollywoodiense, y evocó el espíritu de las mejores películas de horror de los años sesenta, que tanto había amado en su niñez, con las obras de Mario Bava, Terence Fisher y Roger Corman como referentes ineludibles. Con un presupuesto bastante holgado y la producción ejecutiva de Francis Ford Coppola, Burton cedió la responsabilidad de los complejos y exigentes efectos especiales a Kevin Yaguer, que, según sus propias palabras, tendría el mérito de hacer realidad, entre otras cosas, las decapitaciones más realistas de la historia del cine. Eran imprescindibles, y ciertamente que son las más creíbles que he visto en una película. Seis meses de rodaje íntegro en estudios británicos y obtenemos la mejor película de Burton, siempre después de ‘Ed Wood’ (id, 1994).
Lo científico contra lo sobrenatural
Del maduro y sereno profesor del cuento de Irving, Ichabod Crane se convertirá en un sexy y tímido investigador de Nueva York que es enviado a una remota población casi medieval para hallar al asesino de algunos horribles crímenes sin explicación lógica alguna. Johnny Depp, por tanto, se puso a las órdenes de Tim Burton por tercera vez para encarnar a un detective en la línea de un atolondrado Dupin que, como en los relatos tenebristas de Poe, opone sus conocimientos científicos y capacidad de análisis a las sombras de lo irracional y lo supersticioso, para acabar encontrándose, de forma irónica, con un verdadero acontecimiento sobrenatural, que pondrá patas arriba todo su sistema de valores. De este modo Burton reincide en su particular confrontación de mundos, que suele darle buenos resultados: la colorida muerte contra la grisácea vida, la pasión artística contra la vida burguesa, la razón contra la mitología.
El fabuloso prólogo y las primeras secuencias en una Nueva York casi dickensiana (donde aparecerá fugazmente un gran icono del cine de horror, el inigualable Christopher Lee), son el comienzo perfecto y la constatación de que Burton, que en anteriores ocasiones no se había mostrado muy dotado para la acción, aquí ha evolucionado como cineasta de manera considerable, por mucho que en la pasada década esa evolución apenas se haya percibido. A su proverbial imaginería y formulación plástica, Burton añade un dinamismo y una energía por completo ausentes hasta en su díptico sobre Batman. Por si esto fuera poco, logra algunos momentos oníricos de impresionante fuerza dramática. Me refiero, por supuesto, a los tormentosos recuerdos del niño Crane, que tanto han marcado su vida y que le persiguen como un fantasma doloroso e indestructible. Son imágenes escalofriantes las de su misteriosa madre (interpretada por Lisa Marie) y las de su sombrío y cruel padre.
Nos zambullimos sin pestañear, por tanto, en una aventura muy intrincada, que nos cuenta que el mal tiene menos que ver con lo sobrenatural o lo mágico, y más con el uso que hacemos de ello, y con la codicia y con la falta de escrúpulos. Una trama que se va trenzando poco a poco, y en la que Ichabod Crane pasará del escepticismo a la incredulidad, y de ahí a la aceptación de que hay cosas que la ciencia jamás podrá explicar. Pero al menos será capaz de desenmarañar la compleja conspiración de grandes terratenientes y de hombres y mujeres a los que sólo les importa la herencia y el dinero, manipuladores de un cansado y feroz jinete sin cabeza (demoníaco Christopher Walken). Ichabod podrá ponerse en paz consigo mismo (es decir, con el pasado…) y comprenderá que el amor incondicional (el único verdadero, a través de la figura hipnótica de una gran Christina Ricci) es el auténtico remedio contra la crueldad y la sombría miseria del ser humano.
La atmósfera del pueblo Sleepy Hollow, su misma inspiración visual, es un verdadero prodigio de imaginación y de creación técnica, obra, una vez más, del gran diseñador Rick Heinrichs. A su lado, el que quizás es el mejor operador de la actualidad, el mexicano Emmanuel Lubezki. Con ambos genios, Burton es capaz de esculpir imágenes imborrables: el viejo molino y su destrucción final, el retorcido y podrido árbol de cuyas raíces brotan las cabezas recolectadas, el prodigioso y alucinante salto del mefistofélico caballo a cuyo lomo viaja el demonio sin cabeza, la entrada del pueblo con los cabezas de ciervo flanqueándola, el neblinoso cementerio, el pesadillesco puente de madera, el abracadabrante bosque invernal…todo ello transfigurado por arte del amor y de la comprensión en el bucólico pueblo que vemos al final (pueblo que existe, y en el que está enterrado uno de mis escritores favoritos, Henry David Thoreau).
Conclusión y escena predilecta
Muy notable aventura gótica y siniestra, que si no es una obra maestra, cerca le anda, y que nos trae a un Burton empapado de las lecciones de los grandes maestros del horror, con Mario Bava y su ‘La máscara del demonio’ (‘La maschera del demonio’, 1960) a la cabeza. Mi escena preferida es aquella en la que Miranda Richardson decapita a la sirvienta valiéndose de un hacha: un plano sin cortes, increíblemente bien hecho, que asemeja un descabezamiento completamente real y salvaje. En verdad Kevin Yaguer hizo un trabajo formidable.
Sigo comentado películas de la pasada edición del festival de Sitges. Quiero aclarar que las tres que tenéis a continuación no se programaron juntas, no se proyectaron el mismo día ni compartían sección, las he recopilado en la misma entrada simplemente por estar habladas en inglés (estadounidense y australiano). La primera es un documental sobre la misteriosa identidad de una familia, la segunda trata sobre un grupo de jóvenes pijos de Nueva York y la tercera es un thriller con viaje(s) en el tiempo. Mi recomendación: apuntad ‘Catfish’ y pasad de las otras dos.
‘Catfish’, viaje al fondo de la red social
Cuentan los directores de ‘Catfish’ (2010), Ariel Schulman y Henry Joost, que su primer largometraje documental fue un accidente, un accidente muy afortunado que comenzó en 2007. La idea era grabar un corto sobre la relación entre el hermano de uno de ellos, Nev, y una niña artista que éste conoció por Internet, Abby; Nev es fotógrafo y pasa algunas imágenes a Abby, quien las pinta y le hace llegar los cuadros. Gracias a las posibilidades de la red, Nev conoce a la familia de Abby, y comienza a mantener una relación a distancia con su atractiva hermana mayor, Megan. O eso cree él…
El cartel de ‘Catfish’ pide (como hiciera en su momento el de ‘Psicosis’) que nadie revele la sorpresa que esconde el trabajo de Schulman y Joost, algo que está siendo más respetado de lo que cabía esperar en una época en la que cada día es más difícil mantener un secreto. Por supuesto, no seré yo quien destripe el misterio de este fantástico documental, un intenso, estremecedor y divertido viaje en busca de la verdad, de lo que se esconde tras las máscaras de Internet. Sorprendente, a ratos espeluznante, ‘Catfish’ es un relato demoledor sobre las nuevas formas de relación social, que va de la comedia romántica al thriller con total naturalidad, como si fuera lo más sencillo del mundo.
Puede ponerse en tela de juicio la veracidad de las intenciones de Schulman y Joost, puede discutirse si realmente ‘Catfish’ se elaboró como ellos afirman, si todo es tal y como lo cuentan o no (yo desconfío mucho de su versión), pero lo bueno es que esto no perjudica el visionado, el film está prodigiosamente montado, es muy entretenido e inteligente, te atrapa desde el primer minuto y no te suelta nunca. Creo que es un complemento perfecto a ‘La red social’ (‘The Social Network’, 2010), pues mientras que ésta nos muestra a los creadores de Facebook, ‘Catfish’ nos revela a algunas de las criaturas que nacen y se reproducen en la comunidad virtual.
‘Twelve’, un drama de pijos
‘Twelve’ es un nuevo trabajo del director Joel Schumacher, conocido por haber firmado títulos como ‘Un día de furia’, ‘Última llamada’ o la delirante ‘Batman & Robin’. En esta ocasión, el realizador se encarga de trasladar a la pantalla un guión de Jordan Melamed sobre un joven traficante de drogas muy “cool” que se mueve por la zona rica de Nueva York. La película estaba incluida en una subsección competitiva de la “oficial panorama”, formada según los organizadores del festival por “títulos muy esperados y controvertidos”. Otro de los chascos habituales que se lleva uno, ‘Twelve’ es cine mediocre, sin alma, coraje e ideas.
La película se basa la novela de Nick McDonell, que con 17 años escribió sobre el estilo de vida de los jóvenes del lujoso Upper East Side, en Manhattan, revelando y criticando el entorno y la gente que conocía. Aunque estamos hablando de un relato coral, el eje central de ‘Twelve’ es White Mike (Chace Crawford, de la serie ‘Gossip Girl’), un chico guapo que siempre va impecablemente peinado y vestido, aun cuando nos insisten que es un desafortunado miserable, que lo pasa fatal y que odia su vida como traficante.
Los demás personajes no son mejores. Con la excusa de que los pijos lo tienen todo menos neuronas, que sólo piensan en fiestas, sexo, drogas, apartamentos y coches caros, los protagonistas de la película se pasean por la escena sin nada interesante que aportar, como entes vacíos que actúan de manera artificial, mecánica. Se nota que a Schumacher no le apasiona lo que está contando, le da igual lo que le ocurra a sus personajes, por lo que le queda una película muy floja, desganada, aburrida, con uno de esos desenlaces pretenciosos que en lugar de hacer reflexionar provocan un gran bostezo. Cabe destacar la participación de Curtis Jackson (el rapero 50 Cent), en la piel del distribuidor de Mike, y de Kiefer Sutherland como narrador.
‘Triangle’, atrapada en el crimen
La firma del británico Christopher Smith aparecía en dos películas de la programación de Sitges 2010, ‘Black Death’, incluida en la sección oficial a competición (ya os hablaré de ella), y ‘Triangle’, una producción de 2009 aún inédita en nuestro país (puede adquirirse en DVD a través de Internet desde hace tiempo) que tiene toda la pinta de relleno de última hora. ‘Triangle’, una coproducción entre Reino Unido y Australia, está protagonizada por Melissa George y narra una retorcida historia que su director compara con ‘Memento’, pero eso debe ser porque no ha visto ‘Los cronocrímenes’ (2008), ya que el mecanismo que hace girar la fantástica trama es idéntico al que nos mostró el popular Nacho Vigalondo con su debut en el largometraje.
El relato se centra en Jess, una joven que realiza un viaje de placer por el océano en compañía de unos amigos. Durante la travesía, y tras una violenta tormenta, encuentran un enorme y misterioso barco que parece prácticamente abandonado; durante un instante creen ver a alguien, pero nadie responde a sus gritos de ayuda. Una vez a bordo, el grupo empieza a buscar respuestas, pero lo que encuentran es una serie de asesinatos. Jess resiste y llega a descubrir la increíble y terrible verdad…
Smith (‘Creep’, ‘Desmembrados’) dispone un ingenioso juego cuyo mayor error es el que ya encontrábamos en el film de Vigalondo, la inverosimilitud del comportamiento del protagonista en algunas situaciones cruciales, debilitando la conexión con el viaje emocional propuesto. Más preocupado por entusiasmar con la intrincada estructura de su película que por sus personajes y la aventura que viven, a Smith le queda un relato demasiado artificial basado en los continuos giros “sorprendentes” del guión, algo que sólo funcionará para el público más ingenuo. No obstante hay que reconocer que ‘Triangle’ funciona a ratos, los actores responden, y hay alguna situación rocambolesca (producto del dispositivo fantástico) de lo más jugosa. Se queda a medio camino.
Según ha revelado Park recientemente, la película contará con un presupuesto de unos 35 millones de dólares, una cifra muy alta para una producción de Corea del Sur, pero el cineasta ha asegurado que hay varios inversores internacionales interesados, así que no será un problema realizarla. Al parecer, el rodaje podría comenzar a principios de 2011. Por el momento, el único nombre confirmado para el reparto es el de Song Kang-ho, un formidable actor que ya ha trabajado a las órdenes de estos dos directores; la idea es que el elenco esté formado por actores de varios países, no sólo coreanos.
‘Snow Piercer’ es una adaptación del cómic francés ‘Le Transperceneige’ (editado en España como ‘Rompenieves’), de Jacques Lob y Jean-Marc Rochette. La historia gira en torno a un gigantesco tren de 1001 vagones cuyos viajeros son los últimos seres humanos sobre la faz de la Tierra, supervivientes de un holocausto nuclear.