Con todo Clint Eastwood se llevó a parte de su equipo para funciones de producción, caso de David Valdes, o para coordinación en las escenas de especialistas, caso de Buddy Van Horn. También tuvo la libertad de elegir al director, oferta que recayó en el director alemán afincado en Hollywood, Wolfgang Petersen. El éxito internacional que habían tenido ‘El submarino’ (‘Das Boot’, 1981) --indudablemente la mejor película de Petersen-- y ‘La historia interminable’ (‘Die unendliche Geschichte’, 1984) permitieron al realizador entrar en suelo estadounidense con una película hoy de culto, ‘Enemigo mío’ (‘Enemy Mine’, 1985). A Eastwood le gustó concretamente la labor del director en ‘La noche de los cristales rotos’ (‘Shattered’, 1991), una de las razones por las que le ofreció dirigir ‘En la línea de fuego’ (‘In the Line of Fire’).
Jeff Maguire, que había sido uno de los autores de la historia de una de las peores películas de John Huston --‘Evasión o victoria’ (‘Victory’, 1981)--, estuvo dando vueltas por los despachos de Hollywood intentando que alguien lo filmase. Antes de que la película acabase en las manos de Eastwood, el papel principal --el agente Frank Horrigan-- le fue ofrecido a actores de la talla de Robert Redford y Sean Connery, perfectos por la edades que tenían, y eso que Eastwood pensó que era demasiado mayor para dar vida a Horrigan. El personaje que interpretó John Malkovich fue ofrecido antes a Robert De Niro --estaba ocupado con el rodaje de su primera película como director, ‘Una historia del Bronx’ (‘A Bronx Tale’, 1993)--, Jack Nicholson y Robert Duvall. Mientras que el realizado por René Russo intentó tener antes los rostros de Glenn Close y Sharon Stone que lo rechazó porque alguien de su categoría no podía aparecer al lado de Clint Eastwood, una estrella demasiado mayor para ella.
A pesar de que muchas veces es divertido imaginarse lo que una película pudo ser con otros actores, e incluso con otro director, creo que muchos estaremos de acuerdo en afirmar que el trío protagonista es absolutamente perfecto, consiguiendo una compenetración casi única. Lo cierto es que Clint Eastwood demuestra estar como pez en el agua con un personaje que en cierto modo parece una estela de Harry Callahan --el esquema narrativo del film no difiere en demasía de los de la saga del mítico Inspector--, un agente del servicio secreto con un pasado tormentoso, que pide ser asignado a la escolta del residente de los Estados Unidos para protegerle de un psicópata que está dispuesto a matarlo. No obstante, aquí hay una humanización del personaje --hasta le vemos llorar--, obsesionado por no haber podido salvar a Kennedy, recuerdo que le atormenta, encontrando su apoyo en Lily, una compañera de trabajo.
Petersen parece inspirarse en la propia filmografía de Eastwood como director, concretamente en el trabajo de fotografía de Bruce Surtees o Jack N. Green, expertos en tenebrismo, y por momentos, curiosamente lo más íntimos, filma a Eastwood rodeado de penumbra. Eso en cuanto a lo formal. Tematicamente ‘En la línea de fuego’ está en cierto modo emparentada con ‘Harry el sucio’ (‘Dirty Harry’, Don Siegel, 1971), pues Horrigan mantiene un juego de gato y ratón con el villano de la función, Mitch Leary, que al igual que Scorpio en el citado film, marea a las fuerzas del orden hasta límites inimaginables. Por otro lado, Horrigan tiene ciertos puntos en común con el William Munny de ‘Sin perdón’. Ambos son personajes crepusculares, cuyo tiempo parece haber pasado, aunque en ‘En la línea de fuego’ está un poco más suavizado dicho apunte. Horrigan es un personaje físicamente cansado, incluso pilla una gripe tras una tormenta, al igual que Munny.
Pero la película es mucho más que una especie de repaso por la iconografía de Clint Eastwood como actor. Petersen filma un thriller ejemplar que se basa sobre todo en el enfrentamiento entre Horrigan y Leary, casi dos caras de la misma moneda. Mientras el primero sigue sirviendo a su país, aunque no simpatice con el actual presidente al que tiene que proteger, Leary es un producto de la CIA entrenado para matar, que esta vez ha cambiado de objetivo. Si uno fracasa el otro gana, y viceversa. Si Leary mata al presidente, Horrigan habrá fracasado por segunda vez y su vida será un infierno, pero si Leary fracasa, no sólo se salvará la vida del presidente, sino que Horrigan disfrutará de una segunda oportunidad. ‘En la línea de fuego’ no es sólo un thriller sobre proteger al presidente, es la lucha a muerte de dos personajes que no encajan en el sistema, un enfrentamiento servido con un increíble sentido el ritmo y la emoción. Varias secuencias así lo atestiguan.
En la excelente persecución de los tejados, Horrigan queda colgando de una de las cornisas siendo cogido por Leary estableciéndose una curiosa situación. Horrigan apunta con su arma a Leary, consiente de que si le dispara firma también su sentencia de muerte. En ese instante en el que el tiempo parece dilatarse hasta límites enfermizos, Leary se mete el cañón de la pistola de Horrigan en la boca, creando así una mayor tensión. La idea fue del propio John Malkovich, que la improvisó en el rodaje, quedando Petersen maravillado con ella, y el público también. La misma tensión volverá a apoderase del relato en el tramo final del film, cuando Horrigan descubre el plan de Leary, y en el último momento salva la vida al presidente. Anne V. Coates, veterana montadora ganadora de un Oscar por ‘Lawrence de Arabia’ (Lawrence of Arabia, David Lean, 1962), realiza uno de sus mejores trabajos, lleno de precisión. Se puede ver la película las veces que sean, que el efecto no disminuye lo más mínimo.
John Malkovich tuvo una merecida nominación al Oscar por su composición de Mitch Leary, al lado del montaje y el guión. El actor está espléndido en su rol, poniéndose varios disfraces y teniendo un control absoluto, pues Leary es uno de esos personajes caramelo que fácilmente podrían haber caído en el histrionismo. Sin embargo, Malkovich logra una milagrosa contención en muchas de sus escenas, y en las que su personaje explota --una de las conversaciones por teléfono y el clímax final--, Malkovich no cae en ningún tipo de artificio actoral por así decirlo. La química con Eastwood es sobresaliente, lo cual refuerza su antagonismo. La tercera en discordia es René Russo, que en contra de lo esperado, también consigue una buena química con su pareja, logrando que su historia de amor sea muy creíble. No se puede decir lo mismo de Dylan McDermott, de lejos lo peor de la película, mero comparsa de Eastwood, puesto en la narración única y exclusivamente para llegar a la escena de la persecución en los tejados.
‘En la línea de fuego’ es, de lejos, el mejor trabajo estadounidense de Wolfgang Petersen, director que casi siempre se ha dejado llevar por los excesos, tal y como lo demuestran el alucine de ‘Air Force One’ (id, 1997) o la ñoñería de ‘La tormenta perfecta’ (‘The Perfect Storm’, 2000), repletas de personajes estúpidos --si hay algo que odio en una película es que un personaje haga idioteces sin sentido-- y bandas sonoras machaconas. Hablando de música, decir que el film de Petersen contiene una bello score, no demasiado protagonista --algo que no es capaz de entender James Horner--, de Ennio Morricone, en lo que parece otro ejercicio de homenaje a Clint Eastwood, rememorando así sus inicios al lado de Sergio Leone. Gran éxito de público y crítica, demostró que Eastwood estaba en plena forma y aún seguía siendo un reclamo taquillero, lo cual le ayudaría a embarcarse inmediatamente después en el rodaje de una de las mejores películas de la década de los 90. Pero de eso hablaremos en otro post, después de hacer un buen salto en el tiempo en este especial.
Otra novedad del pasado viernes que ha conseguido buenas cifras es ‘The Town (Ciudad de ladrones)’, el segundo trabajo como director de Ben Affleck. El drama criminal, un éxito de crítica y público en Estados Unidos, supera el millón de euros y consigue la mejor recaudación media de la semana (5.225 EUR por sala, 700 más que ‘Los ojos de Julia’). En la séptima posición encontramos otra novedad estadounidense, ‘Rumores y mentiras’, una comedia protagonizada por Emma Stone que funcionó muy bien al otro lado del Atlántico pero que aquí no ha llamado mucho la atención (uno de mis compañeros la ha visto, y me dijo ayer que no es tan mala como parece, que entretiene; a ver si se atreve a decirlo en una crítica). Por último, cabe destacar el sólido aguante de títulos como ‘Ga´Hoole: La leyenda de los guardianes’ (lo nuevo de Zack Snyder pierde sólo un 10% de espectadores) y ‘La red social’ (el film de David Fincher baja en torno a un 30%), mientras que ‘Stone’ protagoniza el mayor descenso de la semana, hasta un 50% de recaudación.
PD: El próximo viernes llegarán a nuestra cartelera títulos como ‘Salidos de cuentas’, ‘Caza a la espía (Fair Game)’, ‘Agnosia’ o ‘Jackass 3D’, entre otros.
Coraje ilimitado en el caso de ‘Robocop’, película de gran presupuesto y de grandes ambiciones comerciales que se erige en verdadero cine de autor. Cine con muchos efectos especiales, mucha acción y un gran deseo de impresionar y divertir al espectador, y que, sin embargo, es una de las más grandes películas norteamericanas de los ochenta. Como los grandes maestros de cuatro o cinco décadas atrás, que habían emigrado de Europa huyendo del nazismo o simplemente buscando mayores oportunidades en sus carreras, Verhoeven llegó a Hollywood, cogió un proyecto ajeno, que en un principio se sintió reacio a dirigir, y talló una joya que a día de hoy se mantiene tan joven y tan escalofriante como el día que se estrenó. Porque debajo de todo su aparato de gran espectáculo, de su condición de cine industrial, late uno de los filmes más escalofriantes, espeluznantes y estremecedores que ha dado el cine americano en las últimas décadas. Una extenuante peripecia emocional imposible de olvidar.
Los escombros del futuro
Cuentan que la principal inspiración, a la hora de diseñar el personaje y escribir el guión, le vino a Edward Neumeier después de ver la proverbial ‘Blade Runner’ (id, Ridley Scott, 1982), pero también de personajes de cómic como el Rom de la Marvel, al que añadió unas gotas de sabor manga y otras de gore. Sea como fuere, ‘Robocop’ nos traslada en un distópico y no muy lejano futuro de la ciudad de Detroit, en la que las calles son testigo diarios de tiroteos y matanzas, con los policías incapaces de mantener el orden civil, y con las grandes multinacionales pugnando por conseguir el control de la seguridad ciudadana. En muchos sentidos, ‘Robocop’ es un western con rascacielos de neón, y con un personaje central resucitado en busca de una venganza que, al mismo tiempo, le devuelva su mutilada humanidad. Pero debajo de todo ello obtenemos una salvaje parábola de un mundo que es el nuestro, y que se derrumba bajo la corrupción y la tecnología mal empleada.
El sustrato social que nos describe esta película nos estremece porque nos recuerda poderosamente al nuestro. Como con ‘Hijos de los hombres’ (‘Children of Men’, Alfonso Cuarón, 2006), sospechamos que los telediarios que machaconamente salen en la película (y que han sido copiados en infinidad de filmes posteriores) terminarán siendo los nuestros, y que el salvaje paisaje urbano en el que los mercenarios y los asesinos campan a sus anchas, terminará también siendo el nuestro. Verhoeven nos pinta un futuro más que incómodo, y lo hace dibujando una metrópoli muy parecida a cualquiera de las grandes actuales, sin forzar la imaginería futurista, salvo en los asépticos y gélidos edificios corporativos, cuyo lujo revela con mayor nitidez la corrupción y la miseria moral que habita en ellos. La excelente fotografía de Jost Vacano se encarga de crear un mundo sin apenas colorido, en el que lo metálico, ya sea impoluto u oxidado, es lo preponderante, rodeado de luces duras y frías, como en un eterno otoño, con la luz del sol casi desterrada.
El notable diseño de producción de William Sandell (‘Master & Commander’, ‘Pequeños guerreros’), junto a la dirección artística de Gayle Simon, es en gran parte responsable de que aún siendo una película de ciencia ficción de los años ochenta, no haya quedado casi anticuada, y de que visualmente mantenga prácticamente intacta toda su fuerza y su impacto. La sencillez de los decorados y la creatividad a la hora de hacerlos verosímiles, son un ejemplo de escenografía de gran calidad. Se trataba de hacer creíbles todo tipo de espacios: edificios inmensos y opulentos, tiendas de barrio, callejones arquetípicos, fábricas abandonadas, laberintos de autopistas, bloques siniestros de oficinas, el luminoso e idealizado hogar para siempre perdido… Pero todo ello no habría valido de nada sin un diseño de sonido poco menos que magistral, que nos hace sentir esos escombros futuros de forma aún mayor. Stephen Flick y John Pospisil se llevaron un Oscar especial por el montaje de sonido. No es para menos.
Los dolorosos recuerdos del monstruo
Aún hoy día, acostumbrados a títulos sangrientos, sorprenden el pasmoso salvajismo y la violencia gráfica de esta película, que comienza con la brutal muerte de un alto ejecutivo, acribillado por un enorme prototipo de droide en mal funcionamiento, hasta quedar reducido a poco menos que pulpa gelatinosa, y continúa con el sádico mutilamiento del policía James Murphy por parte de la que probablemente sea la panda de bandidos más abyecta y cruel que se ha visto en muchos años de cine. La gran mayoría de estas secuencias salvajes desaparecieron del montaje para Estados Unidos, después de recibir varias calificaciones x que comprometían su distribución en gran manera. Pero estas imágenes de muerte y desesperación, al contrario que en la muy inferior ‘Desafío total’ (‘Total Recall’, 1990) existen para mostrar una realidad escalofriante, y no para divertir al espectador con miembros y órganos destrozados en un producto palomitero. Sentimos una compasión inmensa por Murphy, una especie de mártir al que primero mutilan y luego utilizan para convertirlo en una suerte de super-policía invencible. Interpretado por el gran Peter Weller, este actor sabe dotar de una gran humanidad y nobleza a su personaje.
En un mundo en el que lo que importan son los beneficios económicos derivados de la necesidad de seguridad ciudadana, todo vale. Nos sentimos impotentes y arrasados viendo cómo cogen los despojos de Murphy a mayor gloria del estado de bienestar, del orden, de la autoridad. Se impone el fascismo sobre la frágil y mísera condición humana, que implora que la defiendan contra la barbarie, e importa poco que quizá Bob Morton (interpretado por Miguel Ferrer) tenga buenas intenciones además de intereses comerciales. El detonador, la chispa que encenderá la humanidad perdida de la máquina de orden y seguridad que ahora es James Murphy, será su antigua compañera (la maravillosa Nancy Allen), y poco a poco irá recordando, como un monstruo de Frankenstein hecho de pedazos y de remembranzas, lo que le hicieron, lo que perdió. La desgarradora secuencia en la que visita su antigua casa es aún más dolorosa por sus planos subjetivos, y por la verdad y la vida que se desprende de ellos.
Verhoeven filma con igual destreza y maestría los desoladores recuerdos y los momentos de fraternidad y amistad de la compañera, que las impresionantes secuencias de acción. Muchas de ellas, como el asalto a la fortaleza de los bandidos, el rescate de la muchacha, el tiroteo en la autopista, o la emboscada final, beben de las esencias más puras del western, en las que un pistolero solitario (que además desenfunda y vuelve a enfundar a la vieja usanza) se enfrenta a sus enemigos y sale victorioso aunque malherido. Todas estas secuencias están planificadas y montadas por un maestro del cine de acción, y duele verlas, al contrario de tanto producto trivial del género. Los actores que dan vida a los nauseabundos enemigos de Murphy, son un rosario de rostros inigualable: el genial Ronny Cox, que da vida al icono supremo de super-ejecutivo sin escrúpulos; el no menos genial Kurtwood Smith, jefe inhumano de los bandidos; Paul McCrane, Ray Wise... Sin ellos el climax final no hubiera sido tan desolador y tan potente. Una conclusión que pese a su apariencia de final feliz deja un poso de amargura innegable. ¿Qué será ahora de James Murphy?
Grandísimo cine
Lo decía el mismo Verhoeven: de sus seis películas en Estados Unidos, tres son formidables (‘Robocop’, ‘Instinto Básico’ y ‘Staship Troopers’), y las otros tres muy inferiores. No estoy por llevarle la contraria. En el caso de ‘Robocop’, su lúcida reflexión acerca de las ciudades del futuro y de las grandes multinacionales, su representación de la piedad y la ternura por parte de la compañera policía frente a la crueldad y la insensatez del mundo, el prodigioso maquillaje de Rob Bottin (que alcanza su cumbre una vez Murphy se quita el casco y la piel de su cara cubre la parte metálica de su cráneo…), la imponente música de Basil Poledouris, las sensacionales secuencias de acción, su crítica social y su desolador final hacen de ella una obra absolutamente redonda e incontestablemente maestra.
Aunque se presenta como la nueva película de los creadores de ‘Happy Feet’, y se basa en una serie de novelas juveniles sobre las aventuras de unas lechuzas, ‘Ga´Hoole: La leyenda de los guardianes’ es el nuevo trabajo de Zack Snyder, director de las conocidas ‘Amanecer de los muertos’ (‘Dawn of the Dead’), ‘300’ y ‘Watchmen’. Su nuevo film es animado y el primero que no se destina únicamente al público mayor de edad; se trata de su primer relato para toda la familia, el propio Snyder ha reconocido que se embarcó en el proyecto para satisfacer a sus hijos. A tenor de las flojas cifras de taquilla (para ser una producción en 3D que ha costado 80 millones de dólares) parece que no ha interesado demasiado este giro en la carrera del director, y es una pena porque se trata de una película mucho más divertida y emocionante que ‘Gru, mi villano favorito’, un producto de envase similar que ha logrado mayor éxito.
Escrita por Emil Stern y John Orloff, ‘Ga´Hoole: La leyenda de los guardianes’ (‘Legend of the Guardians: The Owls of Ga´Hoole’, 2010) adapta a la gran pantalla los tres primeros libros de la saga ‘Guardians of Ga’Hoole’ creada por Kathryn Lasky (autora de una historia que abarca un total de quince volúmenes). Al reunir tres historias en un solo guión, y en una película que no llega a los cien minutos de duración, se notan lagunas y hay un cierto atropello en la narración, un intento por ahorrar tiempo para pasar cuanto antes a las escenas más relevantes, pero el conjunto no sale especialmente perjudicado. Desde luego, se echa en falta una mayor dedicación en la evolución de los protagonistas y una mejor expresión del paso del tiempo, pero queda lo importante, uno llega a pasar por alto las deficiencias y se queda con los aciertos, sobre todo, con unas secuencias de acción espectaculares.
La película nos sitúa en un mundo de fantasía (de esos llenos de colores, como los de las nuevas entregas de ‘Star Wars’ o ‘Avatar’) para contarnos la historia de dos hermanos que toman caminos muy diferentes. Animado por las historias épicas sobre los “Guardianes de Ga´Hoole”, el mayor deseo del joven Soren (voz de Jim Sturgess en la versión original) es llegar a ser como sus héroes y vivir grandes aventuras; Kludd (Ryan Kwanten), sin embargo cree que todo lo que les relata su padre es mentira, cuentos para niños. Una noche, mientras practican el vuelo en las ramas del árbol donde está su hogar, Soren y Kludd tropiezan y caen al suelo. Allí son atrapados por dos secuaces de “Los Puros”, una malvada orden que está reclutando pequeñas aves de todas partes, para trabajar como esclavas o para formar parte de un gran ejército cuyo destino es dominar el mundo.
300 lechuzas
A Soren lo llevan al lugar de los esclavos, por proteger a la débil Gylfie (Emily Barclay), mientras que su hermano prefiere renegar de su familia y entregarse a “Los Puros” como soldado. Cada uno por su cuenta, los dos hermanos aprenden a volar como adultos; Soren y Gylfie son entrenados y ayudados por un guardián bueno, gracias al cual consiguen escapar de las garras del diabólico clan al que ahora pertenece un renovado Kludd, quien cree firmemente haber encontrado por fin su sitio. Una vez libres, Soren y su amiga deciden que tienen que avisar a los “Guardianes de Ga´Hoole”, antes de que sea demasiado tarde y “Los Puros” sean más poderosos, así que viajan en busca del “Gran Árbol”, el refugio del que hablaba la leyenda, sin saber si existe realmente…
La película combina de manera peligrosa el cine infantil con el adulto, pudiendo lograr quizá lo contrario de lo que pretende: asustar a los críos y aburrir a los mayores. Personalmente, encontré un cóctel bien mezclado, una propuesta que no toma a nadie por idiota, que no se conforma con distraer a los niños (y de paso a los demás) con una trama mecánica, personajes sin alma, chistes fáciles, miles de tópicos y acción rutinaria. La historia de la saga ideada por Lasky no tiene nada de original o de atípico, aparte de que gire en torno a lechuzas (y otros animales), busca al público juvenil, el que ha leído poco (o nada), pero al menos en la película parece estar bien construida, componiéndose una aventura en la que caben situaciones de muy diverso tono, hay comedia, drama, acción e incluso terror. En cierta manera, ‘Ga´Hoole: La leyenda de los guardianes’ recupera la estela de un cine familiar que se hacía en los 80, relatos fantásticos que entretenían y hacían reír, pero en el que también podía caber lo siniestro, el miedo.
Nunca sabremos lo implicado que ha estado de verdad Zack Snyder en este proyecto (considerando que es su debut en la animación y que ya tiene listo otro film, ‘Sucker Punch’) pero es indudable que, a pesar de ser un director caracterizado por historias violentas y ser este un film para todos los públicos, se nota su mano en ‘Ga´Hoole: La leyenda de los guardianes’. Hay zombies, como en ‘Amanecer de los muertos’, hay guerreros, como en ‘300’ (es a la que más se parece), hay viejos héroes que vuelven a luchar (‘Watchmen’), y hay bastantes escenas a cámara lenta, uno de los recursos preferidos del realizador. De hecho, gracias al sensacional trabajo del estudio Animal Logic (‘Happy Feet’), esas escenas resultan deslumbrantes, muy bellas y poderosas. ¿Conocéis ese momento en el que estás totalmente metido en la pantalla, se te eriza la piel y te descubres a ti mismo pensando en lo mágico que puede ser el cine? Hay alguno de esos en esta película, y sólo por eso ya merece ir a verla, perdonando todos sus defectos, como los tienen todos los productos fabricados pensando más de la cuenta en lograr un éxito comercial.