Tampoco se indica quién ha dirigido la película, pero bueno, supongo que a la mayoría del público le resulta indiferente y tampoco quiero hurgar más en la herida, ya sabemos que todo esto al final nos da igual, lo que de verdad importa es comprobar si Matthew Vaughn (‘Kick-Ass’) ha realizado un buen trabajo con los mutantes de la Marvel, a la altura de las dos entregas que firmó Bryan Singer (dos películas que parecen mejorar con el paso del tiempo). Kevin Bacon, Rose Byrne, January Jones, Jennifer Lawrence, Nicholas Hoult, Caleb Landry Jones, Lucas Till, Jason Flemyng, Oliver Platt, Zoe Kravitz y Morgan Lily acompañan a Fassbender y McAvoy al frente del reparto de ‘X-Men: Primera generación’, que estará en los cines a partir del próximo 3 de junio. Os recuerdo que podéis echar un vistazo al teaser tráiler.
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PD: El guion parte de una idea de Singer, que se ha quedado de productor ejecutivo. Sería interesante que hubiera planteado incluir algún tipo de tensión sexual entre los dos amigos.
Fosse había sido designado por la naturaleza para triunfar en cualquier cosa que tuviera que ver con la música y con el baile. Salvo por un detalle que, en su oficio y en la época en la que él empezaba, era casi un estigma. O sin el casi. Se quedó prematuramente calvo. De tal modo que se vio “obligado” a convertirse en coreógrafo. En caso contrario, pudo haber sido un bailarín excepcional, pero quizá el mundo no habría visto sus notables, arriesgadas y heterodoxas creaciones, que le hicieron célebre y que son la columna vertebral de una historia compulsiva, descarnada, con Fosse mirando ya muy de cerca a la muerte (aunque aún llegaría a filmar una película más, la irregular ‘Star 80’, en 1983, con la salud muy deteriorada). Y si esa es la columna vertebral el corazón y el alma son la personalidad atormentada, tumultuosa, de ese coreógrafo al que él llamó Joe Gideon, al que seguiremos en un itinerario casi suicida pero siempre apasionante de ciento veintitrés minutos que se pasan literalmente volando y que dejan con ganas de más música, de más baile, de más verdad.
La energía de Fosse
Lo cierto es que ‘All That Jazz’ puede parecer una película anticuada en sus formas. Pero es que ya nació anticuada, y así lo quiso su creador. Filmada un poco al estilo de un falso documental, en el que la vida cotidiana del coreógrafo y director se va alternando con diálogos oníricos con una misteriosa dama que probablemente sea la Muerte, llamada Angelique (interpretada por Jessica Lange) a menudo tendremos la sensación no de estar asistiendo a una ficción, sino de estar viendo ensayos grabados, pruebas de casting reales, sucesos que un documentalista ha mezclado con la ficción de manera magistral. La serena cámara de Fosse convive con un montaje sincopado, salvaje, en parte responsable de esos montajes de ahora a lo Guy Ritchie, pero mucho más elaborado, más inteligente y más rico en su búsqueda formal. Fosse nunca fue un genio del cine, pero desde luego tenía personalidad, y sabía otorgar a las herramientas cinematográficas una fuerza, un estilo muy propio, que hacía perdonar sus carencias. Algunos han comparado esta película con ‘Fellini 8½’ (‘8½,’, 1963), y no les falta razón en lo temático, aunque quizá sí en la forma de abordar las obsesiones del creador.
La irregularidad, la ligereza compartiendo minutos con la gravedad, son factores asumidos por Fosse, que se siente más libre que nunca, tratando un tema tan espinoso como el íntimo sentimiento de fracaso, personal y profesional. Mirándose al espejo, contemplando un reflejo que no le gusta demasiado pero con el que tiene que aprender a levantarse cada mañana, soltando ese mítico y muy significativo “It’s show time, folks.” (literalmente, “es la hora del espectáculo”, pero también, “es la hora de mostrar”, de mostrarse…). Gideon/Fosse se atiborrará sin parar, durante buena parte del metraje (y sospechamos, también en las pocas secuencias en las que no aparece) de tabaco, de licor, de sudor, de drogas, de mujeres… y de frustración, de inseguridad, de lucha por trascender el mero trabajo (por mucho que le guste) y lograr algo realmente bello, batallando sin descanso contra las propias limitaciones (¿no es ese el día a día de cualquier artista?), exprimiéndose en cuerpo y alma hasta que no queda nada de él y el cuerpo dice basta.
Al igual que ‘Cabaret’, ‘All That Jazz’ no es un musical en sentido estricto. No basta con poner números musicales o simplemente coreografías. El musical clásico se definía por incluir canciones que sustituían diálogos, y sin las cuales era imposible comprender la trama. El único musical que Fosse dirigió en toda su vida, aunque siempre a su peculiar manera, fue ‘Noches en la ciudad’ (‘Sweet Charity’, 1969), una pieza bastante valiosa, y hoy bastante olvidada, con la siempre estupenda Shirley MacLaine de protagonista. Pero da la impresión de que a Fosse el musical clásico le importaba bien poco. Ya en ‘Cabaret’ el contraste entre los números musicales y el resto de la historia era enorme, en inspiración, en ejecución, en interés. A él lo que le importa es la música, la danza, el frenesí. Todo lo demás es accesorio. Por eso quizá ‘All That Jazz’ supera al resto de su filmografía, porque por una vez lo que está al margen de la música…sigue siendo música, o tiene mucho que ver con ella. Y desde luego está filmado con su habitual imaginación con los movimientos de cámara, que van parejos con su proverbial imaginación, ingenio y descaro, en los movimientos de sus bailarines.
Descaro que llega aquí a sus cotas máximas. Fosse siempre fue un coreógrafo que tendía a la provocación, al paroxismo de la sensualidad en el cuerpo y los movimientos de sus artistas, y emociona verle defender un número en el que solamente falta sexo, porque está saturado de erotismo en cada detalle. Un número que sus productores se niegan a incluir. Y es que no falta incluso la proverbial batalla entre el creador y los representantes del dinero. O, lo que es lo mismo, la lucha entre la libertad y el pragmatismo. Porque, pese a sus luces y sus sombras, la obra cinematográfica de Fosse (la teatral, como es lógico, no tuve oportunidad de verla) es un ejemplo de libertad, de voluntad, de independencia. Y su cine va a perdurar como expresión máxima de la agitada y escandalosa personalidad de este gran hombre de la música y la danza, que se alzó (ex-aqueo con la soberbia ‘Kagemusha, la sobra del guerrero’, de Kurosawa) con la Palma de Oro en el Festival de Cannes, amén de cuatro Oscar. Así que, si no la han visto, vean ‘All That Jazz’, la mejor manera que probablemente nadie tuvo de conocer el interior del alma de Fosse.
Lo mejor, lo peor e imagen favorita
Lo peor, si es que algo malo se puede decir, es que es tan personal que si no entras en ella, poco se puede hacer. Lo mejor el maravilloso Roy Scheider y todo lo que rodea la creación de coreografías. Mi momento favorito es cuando lleva a su amante al límite para lograr convertirla en una buena bailarina.
Ya ha comenzado, un poco de tapadillo, el rodaje de la secuela de ‘Silent Hill’ (2006), posiblemente la adaptación de un videojuego más defendida hasta el momento. Por si os interesa, aquí dejo la primera imagen oficial de ‘Silent Hill: Revelation 3D’, en la que vemos a la protagonista de esta segunda parte, la prácticamente desconocida actriz australiana Adelaide Clemens en el papel de Heather Mason, un personaje que en la saga del “survival horror” de Konami no aparece hasta la tercera entrega.
La historia de ‘Silent Hill: Revelation 3D’ gira en torno a Heather, una joven que, junto a su padre, está constantemente en la carretera, huyendo de un pasado que no acaba de entender; pero en la noche de su 18º cumpleaños, la chica comenzará a tener unas terribles pesadillas que la conducen a un lugar llamado Silent Hill. De la puesta en escena se encarga Michael J. Bassett, director de la adaptación de ‘Solomon Kane’, por lo que ya podemos echarnos a temblar (aunque me consta que hay lectores que defienden esa cosa). Hasta ahora, solo está confirmada la presencia de Clemens y de otro joven desconocido como Kit Harington en el reparto. No hay fecha de estreno aún.
PD: ‘Silent Hill’ costó 50 millones de dólares, cifra que no logró recaudar en la taquilla norteamericana. Considerando el mercado internacional, sumó casi 100.
Recientemente, en un nuevo visionado a la interesante película ‘Camino a la perdición’ (‘Road to Perdition’, Sam Mendes, 2002) volví a caer absolutamente enamorado de la magnética presencia, del talento puro, de uno de los intérpretes más famosos de la entera historia del cine. Existe un momento, en esa película (al que pertenece, precisamente, la imagen que el lector puede observar encima de estas líneas), que me estremece cada vez más. Se trata de aquel en el que John Rooney (Newman) acude a pagar la moneda al chiquillo protagonista, por haber perdido a los dados, y de pronto deja de ser el anciano venerable y cariñoso de antes. Al sutil juego de palabras que le suelta al chaval testigo de un asesinato (“un hombre de honor siempre paga sus deudas…y mantiene su palabra”), se une la lentitud conque Newman se incorpora. Y no hace nada más. Pero John Rooney se ha transformado en el Ángel de la Muerte. No puedo evitar un escalofrío cada vez que veo esa imagen, compendio y resumen de cincuenta años exactos de trabajo delante de las cámaras o sobre un escenario.
Newman, además de actor, fue director, empresario, humanitario, piloto de carreras, activista político, activista ecológico, fumador compulsivo y bebedor irredento, aunque posiblemente fuera unas cuantas cosas más. Cuando digo que se le echa de menos, al menos se tiene la gran suerte de poder echar mano de algunas de sus dos docenas de grandes interpretaciones. Pero la aportación enorme que nos legó es tan grande como el hueco que ahora ha dejado, pues el cine americano está huérfano de los grandes actores surgidos en los años cincuenta y sesenta, y parece poco probable que las nuevas generaciones puedan siquiera maquillar ese hueco. Porque aunque los americanos siempre cuentan con un buen número de buenos actores, algunos realmente grandes, pocos o ninguno gozaron de su elegancia y su personalidad, de su riesgo y de su capacidad de saltar sin red en papeles suicidas, que él convertía, nadie sabía cómo, en triunfos. Y es que Newman, de alguna manera, llegó a ser un género en sí mismo, porque aunque seguramente ni se lo proponía, todo parecía girar en torno a su luz interior. El cine de Paul Newman.
Su época dorada fueron los sesenta y setenta (décadas en las que demostró, junto a los más grandes de su generación, que la transición desde el cine clásico de los años cincuenta a renovados estilos de interpretación eran posibles si uno no se dormía en los laureles), en los que participó en treinta películas, desde la todavía un tanto anquilosada ‘Desde la terraza’ (‘From the Terrace’, Mark Robson, 1960), en la que daba vida con bastante solidez a un ambicioso ejecutivo al lado de su ya por entonces mujer Joanne Woodward, hasta la muy extraña y falida ‘Quintet’ (id, Robert Altman, 1979). Pero en esos veinte años de carrera Newman había construido una docena de papeles míticos que ya le habían aupado al olimpo de lo imperecedero, en los que había llevado a cabo un ensanchamiento de su talla artística inalcanzable para otros colegas de profesión, y que le había convertido en millonario y mundialmente célebre. Pero esa celebridad y riqueza no se tradujeron precisamente en felicidad y sosiego, pues a su rebeldía natural de juventud se le sumó una creciente soledad vital que le acompañaría hasta el día de su muerte.
Algo, o mucho, de esa inquietud anímica, de esa desazón emocional desmentida por su, en apariencia (sólo en apariencia), idílica relación de medio siglo con Woodward, se traslada a sus personajes, que escogía, siempre que tenía oportunidad, con el mayor de los esmeros. Una especie de cansancio de vivir, pero de energía misteriosa por continuar viviendo, en un tormento íntimo que expresaba a través de su trabajo interpretativo. Tenía mucho que ver con su pasión por la velocidad, por el whiskey, por las relaciones en el más oscuro secreto pero mantenidas durante años, por su labor benéfica, una de las más importantes que jamás ha llevado a cabo una personalidad cinematográfica.
He aquí un compendio de momentos gloriosos, colmados de su talento interpretativo:
1. La larguísima partida de billar (de más de un día natural de duración) de la colosal ‘El buscavidas’ (‘The Hustler’, Robert Rossen, 1961), en la que acaba derrumbándose por el puro cansancio físico, en una historia sobre la búsqueda del amor propio.
2. La inhumana paliza a la que es sometido su subversivo personaje (quizás un sosias de sí mismo) en la inolvidable, por muy tramposa que sea, ‘La leyenda del indomable’ (‘Cool Hand Luke’, Stuart Rosenberg, 1967). Obligado a cavar un hoyo…a llenarlo de nuevo…a volverlo a cavar…todo el día. Hasta desfallecer. Un relato sobre un ajuste de cuentas personal con Dios.
3. La réplica del hombre blanco convertido en indio (Newman) a un par de sinvergüenzas que se aprovechan de dos nativos, rompiéndole a uno el vaso de licor en la cara con su rifle. A la acusación de su acompañante, “¡eres un salvaje!”, Newman responde un muy inteligente: “creí que dirías que me había comportado de manera civilizada”. No se puede decir más con menos.
4. La mítica partida de cartas de ‘El golpe’ (‘The Sting’, George Roy Hill, 1973), en la que un ya maduro Newman vacila hasta el hartazgo al peligroso Lonegan, haciéndose pasar por borracho, eructando, carcajeándose de mala manera, y finalmente haciendo trampas mejor que él y ganándole la mano definitiva. Más carisma y mayor caradura, imposible.
5. Perdiendo los nervios con Vincent (Cruise) en ‘El color del dinero’ (‘The Color of Money’, Martin Scorsese, 1986), para luego hablarle en confianza, como un padre…para luego traicionarle y darle una lección que casi le cuesta paliza. Eddie Felson es Paul Newman y no al revés.
6. Explicándole a Melanie Griffith por qué no puede irse con ella en ‘Ni un pelo de tonto’ (‘Nobody’s Fool’, Robert Benton, 1994), y posiblemente abriéndole el alma al espectador, con su voz ya cascada por la bebida y el tabaco.
Se fue hace casi tres años, aunque supongo que ya nos legó suficiente como para pedirle nada más. Siempre podemos ver cómo “resucita” en ‘El color del dinero’, y como se despide, en paz, en el plano final de ‘Ni un pelo de tonto’. Para muchos, él es el cine. Para muchas otras personas, el ser humano más guapo que ha existido. Personalmente, observar su carrera, constatar que su agostamiento y su marchitar no fueron de la mano con una flaqueza de fuerzas ni de talento, lo encuentro una de las cosas más fascinantes que apreciar em una pantalla.
Teniendo en cuenta su lamentable tráiler, la razón principal de que me interesara por ‘El santuario’ (‘The Sanctum’, 2011) fue un documental en 3D que pude ver en la Berlinale, ‘The Cave of Forgotten Dreams’. Me sorprendió el efecto que logró Werner Herzog filmando el viaje por el interior de la cueva, por lo que pensé que un relato de ficción (por mucho que me interesen los documentales, me sigo quedando con la fantasía) ambientado en un escenario similar, podría sacarle mucho partido al popular formato estereoscópico. En especial cuando el mismísimo James Cameron, el mayor promotor del 3D, ejerce de productor y se ha mostrado tan entusiasmado con la película. Comprensible si tenemos en cuenta su conocida fascinación por el mundo submarino, lo que queda patente en ‘Abyss’ (1989), ‘Titanic’ (1997) y varios documentales que llevan su firma; de hecho, ya ha apuntado que ésa será la clave de ‘Avatar 2’, su próximo proyecto.
Puede que los profesionales y aficionados a la espeleología o el submarinismo encuentren en ‘El santuario’ una aventura tan estimulante como nos ha querido vender Cameron (confío en que reconocerá su error más adelante, cuando ya no importe), me gustaría leer esas opiniones, pero dudo mucho que el resto de espectadores se hayan podido sentir atrapados por esta historia supuestamente basada en hechos reales. Sin rodeos, es una película mediocre, como uno de esos telefilmes que programan a la hora de la siesta, con una torpe realización, sobreactuaciones y diálogos bochornosos. Me cuesta creer que se hayan gastado treinta millones de dólares en esta cosa, aunque ya imagino que será costoso y muy complicado filmar bajo el agua. Una lástima, creo que había material para hacer algo mucho más grande, más emocionante.
Escrita por John Garvin y Andrew Wight (que se inspiró en una experiencia personal), ‘El santuario’ se centra en los protagonistas de una expedición subacuática a través del complejo de cuevas más imponente e inaccesible del mundo, situada en el distrito Esa’ala de Papúa Nueva Guinea. El veterano Frank McGuire (Richard Roxburgh) es el principal responsable sobre el terreno, mientras que Carl Hurley (Ioan Gruffudd) se encarga de financiar la peligrosa hazaña. Como suele suceder en este tipo de relatos (y posiblemente también en la vida real) el equipo minimiza la gravedad de una tormenta tropical que se les echa encima, lo que desembocará en tragedia. La gruta empieza a inundarse con la intensa lluvia y el equipo queda atrapado, sin posibilidad de escalar por donde han llegado. Solo pueden seguir hacia delante, y hacia abajo, con la esperanza de encontrar una salida.
El primer gran problema de ‘El santuario’ es que la historia se dramatiza en exceso, lo que le resta credibilidad. Simplones, con reacciones tópicas y exageradas, los personajes no se cansan de subrayar los peligros a los que se enfrentan, el extraordinario sistema de cavernas en el que se han metido, las escasas posibilidades que tienen de sobrevivir, lo fantástico y exigente que es Frank en su trabajo… Por otro lado, a través del hijo de éste, Josh (Rhys Wakefield, realmente insufrible), y la novia de Carl (Alice Parkinson), también se insiste repetidamente en que el macho alfa de la expedición es un auténtico salvaje desprovisto de humanidad (no parece barajar demasiado otras alternativas que no sean la muerte rápida de los heridos). Poco a poco, conforme atraviesan túneles, bucean en agua helada, pierden compañeros y la desesperación los va dominando, comprenderán por qué Frank es el líder del grupo.
No destacarían tanto las flaquezas del guion ni las desdibujadas interpretaciones con una habilidosa puesta en escena, que transportara al espectador a esta lucha por la supervivencia contra la propia naturaleza, que supiera transmitir emoción y tensión. Desafortunadamente, Alister Grierson no es James Cameron, ni de lejos. Hay una escena donde queda muy patente su incompetencia con la cámara. La única chica protagonista no sabe bucear, y se empeña tontamente en no usar la ropa adecuada, porque la llevaba una reciente fallecida, así que se va a congelar durante el trayecto de una cámara a otra; mientras los demás ya la esperan al otro lado, la mujer se va poniendo nerviosa y se atasca en el tramo más estrecho. En lugar de mantener al espectador pendiente de tan angustiosa situación, Grierson arruina la secuencia triturándola en pedazos, mostrando alternativamente planos del personaje activo y de los pasivos, que esperan con los brazos cruzados. Ni siquiera vemos cómo sale del apuro, solo que aparece, y el grupo puede continuar.
Tampoco está muy fino el compositor David Hirschfelder con una música chiclosa, que huele a burdo reciclaje, y que intenta de manera infructuosa dotar a la imagen de tonos épicos y dramáticos. En definitiva, hay muy poco que salvar en esta lamentable ‘El santuario’, aparte de algunos momentos de Roxburgh, el único que intenta hacer algo con su personaje, y la impecable labor fotográfica de Jules O´Loughlin, quien saca todo el partido que puede al efecto tridimensional; algo que luciría más si Grierson hubiera entendido que debía dejar más espacio a los actores y no cortar tanto las secuencias. Para olvidar.