Diez años después de alzarse, por aclamación (aunque no sin algunos abucheos por parte de los asistentes) con la Concha de Oro en el Festival Internacional de cine de San Sebastián (la primera película española que ganaba tan importante premio, cuando ese premio todavía significaba algo) por su extraordinaria ‘El espíritu de la colmena’ (1973), Erice regresa a las tinieblas y las oscuridades de la infancia como origen de toda emoción, pero lo hace, de nuevo, con tal luminosidad de espíritu, con tal refinado conocimiento del alma, que donde hay tinieblas y lejanía él propone lucidez y clarividencia, donde hay dolor y amargura, él regala compasión y misterio infinitos, a través de la mirada de otra niña inolvidable, Estrella, y de la complejísima relación que la une con su padre, Agustín, extendiendo y enriqueciendo aquella relación que Ana mantenía con el distante y taciturno Fernando de su debut.
Desde el amor a la compasión y el perdón
Basado en un relato de Adelaida García Morales, la mujer del director, que comenzó a coescribir junto a Ángel Fernández-Santos (que ya habían compuesto juntos el guión de la anterior película de Erice, y a los que unía una profunda amistad y admiración mutua), y que, una vez que el antiguo crítico de El País abandonó la colaboración por diferencias respecto al tono de la historia, Erice convirtió en solitario en un libreto de varios cientos de páginas. Se proponía el cineasta una indagación poética en el viaje iniciático de una niña, pero mientras el de Ana, diez años, fue el de la conciencia de la muerte desde el reducto de la ficción, aquí es el del enamoramiento platónico, posterior desilusión, y finalmente el perdón y la comprensión de una niña hacia la figura totémica del padre, entre las sombras de la memoria y la soledad. A lo largo de siete años, desde la infancia hasta la adolescencia, Estrella verá en su padre primero a un hombre casi con propiedades mágicas, pero luego como a un ser trágico y cuyo pasado no le permite vivir en paz.
Antes de seguir hablando de esta película, una aclaración: nunca he comprendido que algunos espectadores se quejen de un cine “lento”, o que lo califiquen como tal de forma peyorativa. No creo que muchas de esas creaciones que muchos consideran “lentas” sean realmente lentas. En cualquier caso, ¿cómo narrar el despertar de la niña (véase el vídeo encima de estas líneas, con cuyas imágenes arranca la película) si no es con este ritmo, en el que el despertar del día trae también un despertar de la conciencia de la niña, y del abandono definitivo del padre? Sin este tiempo capturado, sin esa cadencia consistente en dejar pasar el tiempo, la fortísima conmoción de algunas imágenes de esta película nunca tendría lugar. Porque las imágenes, y más aún, los sonidos, penetran lentamente, y sin piedad, en el ánimo del espectador, hasta el punto de que se convierte en una segunda realidad, mucho más intensa y verdadera que esta. Al estar construidos desde una mirada poética, de la un artista que nos introduce en su realidad personalísima, los acontecimientos que rodean a Estrella se levantan ante nuestros ojos, como en todo verdadero gran cine, tan reales, o más aún, que la vida misma.
Hay momentos que le convierten a uno la sangre en hielo, del oscuro estremecimiento que narran. Momentos como la aparición sorpresa del padre entre las sombras, semejante a un recuerdo que emergiera de las tinieblas de la memoria (¿y no son acaso el rostro y los movimientos de nuestro padre algo inasible e incomprensible para nosotros?). O como ese en el que la niña descubre la violencia oculta del mundo de los hombres, al ir a buscar de nuevo a su padre y observarle a lo lejos, acompañado de otros, disparando con su rifle. Los claroscuros de Jose Luis Alcaine son cercanos, pero a su manera también muy diferentes, de los de Luis Cuadrado, y si este último inventó el color miel para los interiores, el primero obtiene una luz invernal grisácea y azulada que tiene mucho que ver con el estado de ánimo de las criaturas de Erice, perdidas en una existencia parecida a un sueño del que no logran despertar. La sencillez de la película es tal, y sus numerosos enigmas tan certeros, que no se sabe muy bien cómo las imágenes invernales de esta película hechizan la imaginación del espectador.
La triste historia de la interrupción del rodaje cuando se llevaba algo más de la mitad de su calendario, cercenó lo que iba a ser una película de dos horas y media de duración, en lugar de los 95 minutos que ha visto medio mundo. Como es lógico, y entendible, me siento mucho más cercano a Erice y me creo su versión de que el rodaje fue interrumpido por motivos económicos, una artimaña legal de Querejeta, que decidió por su cuenta que el material rodado hasta entonces era suficiente para una muy interesante película, obligando (o casi) a Erice a montarlo y presentarlo en el Festival de Cannes. Pero falta algo muy importante en este relato que lo deja totalmente descompensado: había una hija en el norte, Estrella, pero también un hijo en el sur, y el pasado del padre con el que la hija se encuentra, y la entrega del péndulo al hermanastro, y la simetría física y moral del relato. Se truncó así una joya del cine que podría haber sido, quizá, todavía más grande de lo que es, si no hubiera llegado un productor incapaz de cumplir un contrato (hay tantos…) y de mantenerse al lado de su director.
Conclusión a una obra de arte
¿Alguien puede creer que un director capaz de llenar un camino de hojas hasta donde se pierde la vista (esto me lo contó a mí uno de sus asistentes de cámara), incluso hasta donde la cámara no lo capta, porque “no se ve, pero se siente”, puede dejar tantas cosas sin cerrar en esta historia, un final tan abrupto, y numerosos hilos dramáticos sin culminar? Imposible. Aún así, se trata de una película bellísima, un poema audiovisual que tantos cineastas y artistas han venerado desde 1983. Desde entonces, el director sólo ha filmado un largo documental, inolvidable, y un espléndido corto. Si el más grande director vivo de este país ha sido incapaz de dirigir más películas, creo que es elocuente del estado de las cosas. Me cruzo algunas veces con Erice por la calle (la última, hace pocos días, pero nunca me atrevo a decirle nada…) y me pregunto si alguna vez se pondrá de nuevo delante de una cámara. No creo ser el único.
Pero sigamos con los récords que ya ha logrado la segunda parte de ‘Harry Potter y las reliquias de la muerte’. También es el estreno más taquillero en salas IMAX (15,5 millones de dólares), el título con la mayor recaudación en el primer pase de medianoche (43,5) y el que más dinero ha logrado en su primer día en cartelera (92,1). Todo esto en Estados Unidos. Pero la última entrega de la saga se ha estrenado en 59 países y ha logrado batir otras marcas. Es la película que más dinero ha logrado fuera de EE.UU. en su primer fin de semana, con 307 millones de dólares, y su recaudación total de 476 millones es la mayor cifra que ha logrado hasta ahora una película en su estreno mundial. Una auténtica salvajada. Y de todas las preguntas que me surgen ahora, la que más me intriga es: ¿tardaremos mucho en ver el remake de la saga?
PD: Según Warner Bros., el 54% del público que fue a ver el final de ‘Harry Potter’ era femenino, lo que supone un aumento del 3% respecto a la anterior entrega. Y que el 45% eran menores de 25 años, un 11% menos que en la anterior.
Tras Brian de Palma, John Woo y J.J. Abrams (que sigue como productor), el realizador de la nueva ‘Misión: Imposible’ es Brad Bird, quien debuta en el cine de acción real tras dirigir ‘Los increíbles’ y ‘Ratatouille’ para Pixar. Sin duda es el mayor aliciente de este blockbuster, ver qué tal se desenvuelve Bird fuera de la animación. Por supuesto, Tom Cruise vuelve a ser el protagonista, encabezando un estupendo reparto en el que también figuran Jeremy Renner, Paula Patton, Simon Pegg, Ving Rhames, Josh Holloway, Léa Seydoux, Michael Nyqvist y Tom Wilkinson.
Se rumorea que ‘Misión Imposible – Protocolo fantasma’ será la última aventura de Ethan Hunt, cediendo el protagonismo en próximas entregas al personaje que interpreta Renner. Ya veremos, estoy seguro que, digan lo que digan, todo dependerá de los resultados de taquilla, y lo lógico es que sea otro éxito, pese a lo mal que cae Cruise a mucha gente. Porque confío en que todos somos capaces de separar la vida privada del actor de su trabajo en el cine (que en general, es impecable). La película, con música de Michael Giacchino, se estrena el próximo 16 de diciembre. En radiante 2D.
PD: Un poco de sana nostalgia, a continuación os dejo los créditos iniciales de la serie de televisión. Sí que ha cambiado la cosa, sí...
En esa obra maestra que es ‘Un mundo perfecto’ (‘A Perfect World’, Clint Eastwood, 1993) se produce una de las mejores metáforas que se han podido ver en una película. Y lejos de cualquier filigrana pseudointelectualoide, Eastwood apuesta por la sencillez, la mejor de las herramientas en el arte, arriesgada de utilizar pues o la confunden con la simpleza, o cae de lleno en ella. La escena en concreto es una de transición en la que Butch (Kevin Costner) va en coche con Phillip (T.J. Lowher) y el primero le explica al segundo que el vehículo en el que van es en realidad una máquina del tiempo de fácil manejo. Lo que hay delante es el futuro, lo que se deja atrás el pasado. Si uno quiere llegar antes a su destino sólo tiene que pisar el acelerador. El freno te permite detenerte y disfrutar del presente, y de saborearlo lo máximo posible antes de seguir hacia delante.
Con esa maravilla de explicación, Eastwood habla rápidamente de multitud de cosas. La fugacidad de la vida, el recuerdo de lo pasado, el siempre inesperado futuro, las decisiones que tomamos. Temas de vital importancia y que rodean nuestro día a día --soy de los que piensan que la vida es una continúa decisión, y la cobardía se paga muy cara-- explicados a través de una muy inspirada metáfora, cuya mayor virtud es que la entiende hasta un niño, nunca mejor dicho. En la imprescindible serie de televisión ‘A dos metros bajo tierra’ (‘Six Feet Under’) se utiliza dicha metáfora en el impresionante final de una serie que, dicho sea de paso, echa mano en todo momento de técnica y conceptos cinematográficos, lejos de la tiranía que supone la puesta en escena televisiva la mayoría de las ocasiones.
La muerte de Nate (Peter Krause) es el mayor punto de inflexión de la serie que concluye con un final apoteósico. Un final en el que se permite tirar por tierra una de las afirmaciones de don Billy Wilder, aquella en la que sostenía, no sin razón, que el final de la película no era el fin de la historia, que ésta continuaba pues la vida de los personajes no terminaba ahí. El final de ‘Six Feet Under’ no deja lugar a dudas y cierra absolutamente todo lo relacionado con los personajes fijos de la serie, esto es, Nate, Brenda, Ruth, Keith, David y Claire. La muerte de un ser muy querido (Nate) hace que aquellos a los que deja tomen conciencia de quiénes son y se enfrentan al futuro con envidiable entereza, conscientes de que todo puede acabar en cualquier instante, algo que saben muy bien en una familia que trata con la muerte todos los días.
El inicio de la casi totalidad de los episodios narra la muerte de una persona cualquiera en una circunstancia cualquiera. Jugando con el muy manido fundido en negro, el momento de la muerte es mostrado con todo lo contrario, un fundido a blanco, decisión a mi parecer, de lo más acertada, pues creo que el blanco refleja mucho mejor la nada más absoluta (la muerte) que el negro. Creo que el impacto está mejor conseguido. Y ese elemento funciona además como elemento narrativo, alcanzando su máximo esplendor en el citado final, en el que los tonos claros, cercanos al blanco, representan un posible futuro, tan esperable como la segura muerte que a todos aguarda. Pero antes del doloroso desfile de fallecimientos de unos personajes que a esas alturas son como nuestra propia familia, presenciamos la despedida de Claire, en una escena llena de simbolismos y apuntes que hablan de cosas cercanas y con las que es fácil identificarse, uno de los aciertos de la serie.
En una escena tan sencilla como la de una despedida, Ball, que se reserva siempre el último episodio de cada temporada para dirigirlo, acierta en una puesta en escena que va más allá del simple lenguaje televisivo. Dicha secuencia destila verdad por todos los poros, algo a lo que debe aspirar toda obra de arte para ser imperecedera. La grandeza de la serie es que no realiza concesión alguna, y esos últimos minutos son como varios puñetazos directos al corazón del espectador. Un hermano aconsejando decir “adiós” y “te quiero”, una hija dando las gracias a su madre por darle la vida --¿no deberíamos agradecerlo todos algún día?--, y un fantasma insistiendo que lo que ella quiere es apartarse de su familia en pos de una buena vida profesional, por mucho que duela. La escena culmina con una revelación dolorosa, cuando Claire saca una foto de ese momento, el fantasma de Nate le dice al oído que no puede hacerlo, pues dicho momento ya ha pasado. Ninguna foto saca realmente el momento que queremos, a no ser que se haya preparado.
Claire se monta en su coche y pone el CD que le ha grabado su último novio. Suenan los primeros acordes de ‘Breath Me’ de Sia, una canción que por sí sola no es gran cosa, pero que acompañada de las imágenes de la serie alcanza una mayor dimensión. Dos bellas metáforas se suceden una tras otra: la familia desenfocada la despide desde el porsche de casa, y acto seguido Claire mira su espejo retrovisor, el cual parece una fotografía con marco y todo --recordemos cuál es la pasión de Claire-- dentro de la cual Nate va desapareciendo, quedando atrás. A partir de ese instante, en el que Claire deja lo más importante de su vida para seguir hacia delante, ocurre algo tan lógico como inesperado, algo que nos sume en un profundo dolor y al mismo tiempo nos libera de toda la dureza de la que la serie ha hecho gala a lo largo y ancho de sus densas cinco temporadas.
Mientras el coche avanza y la cámara se acerca y aleja de él, vemos cómo la vida continúa para los personajes. David enseña el negocio a su hijo adoptivo, Ruth puede seguir con su vida teniendo la certeza de que Nate era feliz justo antes de morir, el cumpleaños del hijo de Brenda. El coche empieza a ir más rápido, en realidad, la imagen está acelerada. La boda de David y Keith donde ya percibimos para nuestra congoja que nuestros personajes preferidos de la televisión están envejeciendo. La cámara sube, el coche empieza a adquirir una mayor velocidad, y tal como Butch le decía a Phillip, vemos el futuro. Un doloroso futuro que en realidad es el mismo que nos espera a todos. La liberación se produce a través de las lágrimas.
Ruth Fisher muere en el 2025 acompañada de sus seres queridos, incluidos Nathaniel (Richard Jenkins) y Nate, que la esperan desde hace tiempo. George (James Cromwell) la llora sinceramente.
Keith Charles muere en el 2029, haciendo lo que mejor sabe hacer. Abatido por cuatro disparos, que sentimos casi en nuestro propio cuerpo. A continuación, la boda de Claire, con un hombre casi opuesto a ella, y que le ha estado esperando durante años. Quizá las mejores parejas son aquellas con pocas cosas en común, aquellas que construyen un lugar de aprendizaje mutuo como inquebrantable muro de su relación.
David Fisher muere en el 2044 en una apacible tarde mientras ve a un Keith joven jugando al rugby. El dolor ya es insoportable, y en ese instante la música parece calmarse un poco, tal vez para dar un respiro. La batería de ‘Breath Me’ entra con fuerza cuando Federico cae fulminado por un infarto mientras realiza un crucero con Vanessa. Muere en el 2049 mientras nos alegramos por su larga vida al lado de la mujer que le quiere, de aquella que le perdonó una infidelidad. La confianza reforzada.
Brenda Chenowith muere en el 2051, acompañada de la persona que más le quiere y a la que más quiere, su hermano Billy --nos equivocamos al pensar que es Nate--. La relación más atrevida de la serie. No nos atrevemos a juzgarlos pues su felicidad no nos pertenece.
En el interior de una casa hay un montón de fotografía colgadas en la pared, y mientras la cámara va abriéndose paso hacia una habitación que envidiaría el mismísimo Kubrick, vemos que dichas fotografías son el legado de toda una vida, los recuerdos impresos en una imagen capturada por el ojo de Claire. Muere en el 2085, acompañada de todos esos recuerdos, de todas esas vivencias. Vive la friolera de 102 años.
La cámara vuelve a los ojos de la Claire del presente, cuyo gesto ha cambiado. Se ve en su rostro una entereza que hasta ese momento no vimos. Tomando conciencia de su pasado y su presente, Claire viaja con decisión hacia su futuro. La cámara se endereza, una carretera desértica que parece terminar en un cielo blanco. Antes de que suban los títulos de crédito la pantalla permanece con esa nada tan familiar. Ningún nombre. Ahí debemos poner el nuestro.
Ya sabréis que tras el tremendo éxito de taquilla que logró ‘300’ (2006), se puso en marcha una secuela, centrada en Jerjes (o Xerxes). Sin la posibilidad de volver a contar con Zack Snyder para la puesta en escena (no le interesaba, y además está trabajando en el reinicio de Superman), Warner Bros. barajaba a dos candidatos que podrían encargarse del proyecto, el español Jaume Collet-Serra y el israelí Noam Murro, y esta semana se ha decidido todo. Como ya os informé, Collet-Serra se ha quedado con la adaptación del manga ‘Akira’, y Murro dirigirá la nueva película relacionada con ‘300’, que podría estrenarse en 2012.
Hasta hace poco, el proyecto de la secuela de ‘300’ era conocido como ‘Xerxes’, al igual que el cómic de Frank Miller en el que se basa, pero ahora tiene un nuevo título: ‘300: Battle of Artemisia’ (‘300: Batalla de Artemisio’). Snyder y Kurt Johnstad han escrito el guion, cuyo personaje central es Jerjes, un hombre que tras la muerte de su padre desea convertirse en un dios; la trama gira en torno a la Batalla de Salamina, en torno al año 480 antes de Cristo, siendo el general ateniense Temístocles el principal enemigo del rey Jerjes I. Por el momento no hay nombres para el reparto, aunque se da por hecho que cuentan con Rodrigo Santoro para volver a encarnar al llamativo líder de los persas. Ya veremos a quién eligen para dar vida a su rival, y si el rodaje comienza este año o lo posponen. De lo que no tengo duda es que la filmarán en 3D.
PD: A día de hoy Murro solo ha dirigido un largometraje, la comedia dramática ‘Smart People’ (2008), que no ha visto casi nadie, y es el elegido por 20th Century Fox para encargarse de ‘Jungla de cristal 5’ (‘Die Hard 5’). Extraño.
A pesar de que ya se ha lanzado este primer póster (podéis verlo ampliado aquí, que sé que lo estáis deseando, pillines), la película está todavía en fase de pre-producción, se espera que el rodaje pueda comenzar este próximo mes de septiembre, en Toronto; el estreno será en 2012. David Loughery (‘Obsesionada’, ‘Protegidos por su enemigo’) firma el guion y Douglas Aarniokoski (director de ‘Los inmortales: Juego final’ y ayudante de dirección en más de 30 títulos, incluyendo ‘Spy Kids’ o ‘Resident Evil: Extinción’) se encargará de la puesta en escena. En cuanto a la historia (aunque no interese demasiado), Mike Paseornek, el presidente de Lionsgate, ha comentado que tendrá un aire a cine negro, con una bella enfermera que usa su sexualidad para lograr todo lo que se propone, confirmando que habrá sangre y gore en 3D. ¿Os apetece?
PD: Ya que estamos, a continuación os dejo el tráiler (para todos los públicos) de ‘Babe Runner’. Sí, con el detective Dickhard…