No se han dado muchos detalles, pero se sabe que ‘Stoker’ gira en torno a una excéntrica adolescente (Mulligan, rejuveneciendo otra vez) que tras la muerte de su padre recibe la visita de su enigmático tío, quien hasta ese momento se había mantenido alejado de cualquier contacto familiar. Sorprende que esa historia haya salido de la mente de Miller… Todavía no se sabe qué actor encarnará al personaje del misterioso tío, pero sí que Jodie Foster está a punto de incorporarse al reparto, supongo que para interpretar a la madre de la protagonista. La Fox también está negociando con Scott Free, la productora de Ridley y Tony Scott, para financiar el proyecto, y ya se rumorea que en el acuerdo está también la posibilidad de que uno de los dos hermanos se encargue de dirigir el film. Esperemos que sea el más veterano, o que se lo dejen a Foster.
PD: De hecho, el tercer largometraje de Jodie Foster, ‘The Beaver’, está ya en fase de post-producción, y se espera el estreno para antes que acabe el año.
Se supone que ‘Gentlemen Broncos’ (2009), el tercer largometraje del peculiar Jared Hess (suyas son ‘Napoleon Dynamite’ y ‘Nacho Libre’), se estrenó en nuestro país el pasado 14 de mayo (con meses de retraso respecto a EE.UU.), pero no conozco a nadie que la haya visto, ni tenido la oportunidad de verla. Ha pasado por la cartelera como un relámpago, y no sólo es para pedir explicaciones a los distribuidores, es que es una verdadera pena, porque es una película estupenda, diferente y muy ingeniosa. Con lo triste que resulta acercarse a los cines, donde parecen empeñados en espantar a sus clientes, que nos busquemos otro plan cualquiera (el mundial en las teles es demasiado tentador), es increíble que no le hayan ofrecido al público un plato tan fresco y imaginativo como éste.
Escrita, como sus dos anteriores películas, por Jared Hess y su mujer Jerusha Hess, ‘Gentlemen Broncos’ nos presenta a Benjamin Purvis (Michael Angarano), un chico solitario e ingenuo aficionado a la escritura que sólo tiene a su madre (Jennifer Coolidge), una viuda con dos ocupaciones: diseñar extravagantes trajes caros, y crear figuras comestibles con palomitas de maíz. Benjamin empezó a escribir desde que era pequeño, decantándose por las historias de fantasía y ciencia-ficción, como las de su admirado y excéntrico Dr. Ronald Chevalier (Jemaine Clement, componiendo un personaje memorable, sin duda lo mejor de la película).
En un intento por mejorar su estilo, soñando con convertirse en un novelista profesional, el chico asiste a un curso en el que da clases el mismísimo Chevalier, quien además forma parte de un jurado con la facultad de elegir un cuento de entre todos los alumnos para que sea publicado. Benjamin presenta su última obra, ‘El señor de la levadura’, una historia épica protagonizada por el heroico Bronco (Sam Rockwell, pasándoselo en grande), pero no cuenta con la crisis creativa y la falta de escrúpulos de su ídolo, que, desesperado, le robará el trabajo para sacar su nueva novela, convertida enseguida en otro premiado best-seller. Benjamin vuelve a casa como estaba, pero dos de sus nuevos amigos le tienen reservada una gran noticia: gracias a la productora de uno de ellos, el cineasta más prolífico del pueblo, van a adaptar su cuento al cine.
Los leones y las víctimas de la fantasía
Es un absoluto disparate, una ensalada de extravagancias, y por eso resulta tan sorprendente y jugosa. Pero dentro de lo anormal y lo alocado, la película de Jared Hess resulta también extremadamente lúcida, ofreciendo un despiadado retrato del mundo del arte convertido en puro (y despreciable) negocio. En este sentido, ‘Gentlemen Broncos’ es una feroz parodia de todo el fenómeno que rodea al género fantástico; incluso un relato tan absurdo como el del protagonista llega a ser un éxito vendido adecuadamente. Aunque encaja la crítica en todo tipo de creadores (y su correspondiente legión de fans) cuyo trabajo se ha reducido a alimentar una máquina de hacer dinero, como ‘Star Wars’ o cualquier copia de ‘El señor de los anillos’, el Dr. Chevalier tiene su origen en el escritor David Farland, cuyo trabajo más reconocido es la saga ‘The Runelords’ (‘Los señores de las runas’).
Ingeniosa, ácida, descarnada, la película de Hess es al mismo tiempo un homenaje (los preciosos títulos de crédito con las portadas de David Lee Anderson) y un ataque al mercado de la ficción. Los peor parados son los escritores pagados de sí mismos, que sólo “crean” para forrarse, y por otro lado sus babosos, marginados y atontados fanáticos, que lo único que tienen en su vida es su pasión desmedida por una o varias obras fantásticas, en las que se narran mundos diferentes al que viven y del que huyen. El que se salva es Benjamin, el único que cree realmente en la fantasía, el único que realiza un esforzado y honesto trabajo. Hess también aprovecha para poner en evidencia a un sector de la industria audiovisual, de paupérrimo presupuesto, al que los medios locales pueden llegar a prestar tanta atención como si fueran trabajos profesionales.
Puede que algunos vean ensañamiento y burla intelectual (lo he leído en algunas críticas de sitios que prefiero no citar, donde “intelectual” también ha mutado en algo negativo), pero a mi modo de ver el autor sólo está plasmando realidades (de manera hilarante, claro, y menos mal). Que son feas y dan pena, pues sí, pero son verdades. Seguro que todos conocemos a personas que se presentan a sí mismas como escritores, artistas o cineastas, y te pueden citar una buena cantidad de sus trabajos, todos de una calidad directamente bochornosa, de risa. Y sin embargo, en contra de la lógica y el sentido común, ahí siguen, algunos hasta apoyados por subvenciones públicas, apareciendo en los medios e incluso dando conferencias, sin el menor reparo. A todo esto ataca Hess, a ellos, a los que consiguieron escalar, llegando a más público, a los que lo intentan, a los que se lo permiten y a los que los siguen.
No tiene piedad Hess de los pobres seguidores de estos desvergonzados creadores, pero es que tampoco creo que la merezcan. Los que sí se salvan, destacados como nobles individuos, son, repito, los que no alardean, los que trabajan y viven con humildad, con su visión diferente de lo que les rodea, con su perspectiva única, que además entienden que ante todo están las personas, y luego todo lo demás. No es ‘Gentlemen Broncos’ una película redonda, ni de lejos (se cae en subrayados y repeticiones innecesarias, como las bromas con testículos o recrearse en algunos rostros grimosos), pero sus grandes aciertos y ese reflejo de lo absurdo que a veces puede ser nuestro mundo, la convierten en una de las propuestas más interesantes y peculiares del año.
Byrne, nacido hace sesenta años en un pueblecito llamado Crumlin, hijo de una tonelera y de un soldado, pasó cinco años de su vida en un seminario para ser sacerdote, hasta que se dio cuenta de que no poseía la menor vocación. Durante varios años trabajó como arqueólogo, cocinero y profesor de español en su pueblo natal. A los 29 años, por fin, se convirtió en actor profesional, y comenzó una extraordinaria carrera teatral que le llevó a ser uno de los actores más prominentes de su país. En 1981, debutó en el cine nada menos que con ‘Excalibur’, donde interpretaba a Uther Pendragon. Pero aún tardaría varios años en recalar en Estados Unidos y quedarse a vivir allí. Actualmente reside en Brooklyn y es un ferviente y apasionado activista de derechos humanos.
Nada de todo esto sirve para acercarnos al origen y al misterio del talento de un actor superdotado que en muy pocos papeles, pero muy importantes, ha dado muestras der ser un coloso de su oficio. Productor ejecutivo de la eufórica y emocionante ‘En el nombre del padre’, ex-marido de Ellen Barkin, creador de la primera serie enteramente hablada en gaélico que ha existido en televisión (‘Draiocht’), hombre de variados y destacados talentos, y de rostro de ojos pequeños y oscuros, nariz aguileña, constitución engañosamente frágil.
Los Coen escribieron, expresamente para él, el fascinante y complejo papel de Tom Reagan, alias Bighead (en teoría fue este alias la primera opción como título del proyecto), auténtico motor de toda la trama y corazón de la película con la que ambos hermanos cineastas (que ahora han bajado considerablemente el listón) se consolidaron internacionalmente. Reagan es, quizá, su antihéroe más cínico, solitario, oscuro e inteligente. Irlandés silencioso, alcohólico irredento, fumador infatigable, jugador compulsivo, manipulador casi mefistofélico, Reagan primero engaña a su mejor amigo, Leo, acostándose repetidas con su amante, la morbosa Verna, para luego hacerse pasar por un traidor (a cuenta propia…) y arreglárselas para convencer a los enemigos de Leo de que se maten entre ellos.
Semejante papel sería un Himalaya para el noventa y nueve por ciento de los actores, que se acercarían al trabajo sin duda espoleados pero temerosos. Byrne lo interpreta como si respirase, sin la menor sensación de esfuerzo externo, a pesar de su extrema dificultad. Compuso un rostro casi impertérrito, que sufría golpes, amenazas y peligros de toda clase, pero que jamás se descomponía. El milagro es que bajo ese estoicismo impenetrable, se perciben cargas de profundidad emocionales, como cuando pregunta: “¿Y qué es lo que quiero?”, a lo que Verna responde: “A mí”. Ante el asomo de una derrota emocional, de un atisbo de humanidad, Byrne baja la mirada y se refugia en su soledad.
La tremenda complejidad de interpretar personajes que no dejan ver sus sentimientos, y que precisamente por ello esos sentimientos se dejan ver en el reverso de las imágenes, está al alcance de un Daniel Day-Lewis, un Anthony Hopkins, un Ed Harris y pocos colosos más. Entre ellos, Byrne, que en ‘Sospechosos habituales’, la interesante película de Singer, aunque en un registro inferior a ‘Miller’s Crossing’ (pues el papel es mucho menos rico) repite, como ha repetido en muchos papeles secundarios de películas olvidables, esa búsqueda del rostro impenetrable, traicionado por el poder de la cámara de mostrar lo que no es obvio en las imágenes.
Y ahora, en su madurez, triunfa con la que, al menos para quien esto suscribe, es la serie de televisión más importante de la actualidad, ‘En terapia’, con la que lleva a su máxima expresión esa figura cínica atormentada, pues da vida a un compasivo terapeuta que ha de esconder una y otra vez sus sentimientos por sus pacientes, ya que es la mejor manera de ayudarles. Es la cima de la labor interpretativa de este gran hombre de cine, la que le ha dado más premios y le ha llevado, definitivamente, a ser conocido para un público más amplio.
Y es que la profesión de actor es la del corredor de fondo. Todo lo bueno se hace esperar.
Con todo, no le resto el mérito de haber logrado que esta película fuese apropiada como un ejemplo de película rica en matices que requieren explicaciones, de buscar información complementaria, aunque ni siquiera el propio realizador logra cerrar. Como si diera la impresión de que es más importante plantear el juego que dotarlo de sentido. Lamentablemente Kelly no ha sabido demostrar que poseía talento, si nos atenemos a sus restantes trabajos (y a su ególatra empeño de sacarle el máximo partido a su primera obra con numerosas versiones, ediciones y añadiendo más dudas que respuestas). Así que le queda el único honor de que ‘Donnie Darko’ ha sido acogida como película de culto, con momentos e ingredientes interesantes, pero sin llegar a ser el enorme largometraje que muchos han ensalzado en ríos de páginas webs, blogs y foros.
Concluyendo, si uno elimina el experimento metafísico y ese empeño en valerse de las paradojas, nos queda un relato de adolescente atormentado no especialmente brillante, aunque salvable por algunos momentos y atractivo por su osadía.
P.D: ya pueden disparar los títulos candidatos para la próxima crítica a la carta. Estamos ansiosos. Apunten alto.