
Hay días tirando bolas en la cancha de prácticas en los que el golf parece un deporte sencillo. Se alcanza un buen ritmo y las bolas empiezan a salir todas en la misma dirección, mismo vuelo y mismo punto de aterrizaje. Son posiblemente los que animan a un jugador a intentarlo más veces, aunque haya veinte malos de por medio.
Pero, ¿se puede bajar el handicap tirando doscientas bolas al día? Puede que esos momentos en que todos los músculos del cuerpo fluyen en conjunto signifiquen que estamos en el camino correcto, que estamos haciendo las cosas bien, pero también sabemos que la cancha de prácticas es muy distinta a un campo de golf. De hecho, muy poco tienen en común.
Si a esas doscientas bolas diarias se le añade un profesor media hora por semana estamos ante una evolución significativa: existe una persona que marca el camino a seguir. En treinta minutos se puede corregir un grip defectuoso, modificar la línea del swing y evitar un slice prominente; después, estamos ante las mismas doscientas bolas diarias. El jugador solo ante su swing y unos carteles que marcan la distancia. Sin embargo la inversión ya es importante y cuando encontramos a un jugador recibiendo clases tendemos a pensar que está haciendo mucho por mejorar su nivel.
No hay otra forma de practicar un salida en el tee del 1 o un lie cuesta abajo que jugando en el campo con regularidad, y en ambos casos se cuenta con un solo intento. No es posible practicar por repetición y supone un gran reto trasladar lo aprendido en una clase a una situación real, en donde cada golpe cuenta. Entonces, ¿cómo hacer que las horas de prácticas se traduzcan en mejores resultados en el campo?
El principal camino que se sigue es tirar miles de bolas y, aunque es una vía útil para adaptarse a nuevos cambios en el movimiento, está demostrado que no es la más efectiva ni la más rápida. Ésta es la razón por la que los jugadores profesionales tardan meses en adaptarse a los cambios que introducen en su swing: es un proceso a largo plazo.
Algunas de estas técnicas de aprendizaje pasan por algo tan sencillo como plantear pequeñas competiciones de juego corto, ya sea de putt o approach, en los que no sólo la repetición es un factor determinante, sino también la presión por obtener un buen resultado y la variedad de golpes ejecutados. Otra de ellas es alternar constantemente el palo que se utiliza en la cancha de prácticas, simulando una vuelta de golf.
La variedad, lejos de restar precisión a los golpes, puede terminar incrementándola. Fran Pirozzolo, un Doctor en Psicología que ha trabajo durante años con jugadores profesionales, se unió a Steven Levitt (co-autor de Freakonomics) para dirigir un experimento dirigido a comprobar qué técnicas se traducen en buenos resultados y cuáles no resultan útiles. Para ello reunieron a un grupo de participantes que pegaron 90 golpes a objetivos a 100 yardas y a otro que hizo lo mismo pero variando las distancias: treinta golpes a 70 yardas, otros treinta a 110 y treinta más a 120. Fue al final el segundo grupo quien superó considerablemente la precisión del primero, aunque hubieran practicado sólo la tercera parte de las veces la distancia final.
La conclusión de este proyecto determinó que las mejores técnicas de aprendizaje son aquellas que dejan múltiples patrones de memoria en el cerebro, y que normalmente incluyen dificultades tales como una presión añadida, un fuerte viento o lies complicados. También se determinó que practicar en sesiones cortas durante varios días es más efectivo que acumular el trabajo de una semana en muchas horas seguidas.
La pregunta ya se ha hecho eco en muchos profesores: "Nunca pegas dos golpes iguales en el campo, ¿por qué hacerlo siempre en la cancha de prácticas?" Es muy difícil pasarse por un campo y no ver a todos los jugadores aficionados practicando una y otra vez el mismo golpe, tratando de encontrar la manera definitiva de atacar la bola, sin embargo, puede que no sea la manera más rápida de ganarle unos golpes al campo.
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